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El mapa de la noche

Miguel Silva reseña el libro del poeta Juan Felipe Robledo, Dibujando un mapa en la noche

2010/03/15

Por Miguel Silva

Encontrar un buen poeta nuevo es siempre un acontecimiento. Pero, claro, es una noticia para la poquísima gente que lee poesía. Quizá si en los colegios leyeran más los poemas de Jotamario y menos los aburridísimos, largos y malos poemas de Guillermo León Valencia, los estudiantes no terminarían vacunados contra la lectura de la poesía. Tendrían a mano poemas poderosos para seducir como el famoso de Jota que dice:

Cuando la vida humana desaparezca de la tierra / y yo resida en una piedra / y tú en los nervios de una hoja / recordarás que te lo dije cuando jugábamos al cuerpo / déjame amarte que más tarde / tiempo tendremos para el resto.

Yo nunca había leído nada de Juan Felipe Robledo hasta que llegó a mis manos su último libro, Dibujando un mapa en la noche, publicado en Tarragona, por la editorial Igitur.

Dos poemas excepcionales abren y cierran el libro, dos textos sobre el oficio de escribir poesía. El primero, una especie de declaración de principios:

Nos debemos al alba, plateros, / a la dicha, y al canto y al remo / y al ensueño trazado en la garganta / y a mañanas sin prisa en las orillas de un mar que ya no es./ Porque al final todo es olvido/ para quien al tráfago su sangre dona…

Declaración que en otro posterior es más desconsolada:

Viajamos en medio del espanto,/ padres de gemidos que no se oirán en la brisa, / y no somos sino días cegados / y ponientes que se doblan y mañanas para nada / y delirios de un ayer que tampoco fue mejor.

El último, que alude a ese gran cuadro de Turner del incendio de los cargueros en el muelle, tiene que ver también con la poesía como opción de vida, como una manera de observar y de observarse, pero es más alegre:

Imagino que si hubiera resuelto a tiempo mis problemas con el cálculo diferencial, / y las ecuaciones de aquellas tardes me sonrieran / ahora estaría resolviendo arduas negociaciones de comercio, dice Robledo con ironía, y luego advierte que, de haber sido así:

Estaría contento al saber que se puede vivir sin cosas que no deben decirse (…) / no estaría perdiendo esta mañana. / Mi corazón se habría ofrendado a un dios silente. / No habría dicha en mi alma.

Es el poeta feliz de no estar en una oficina, atrapado en la celda de la corbata y de las formas, libre. Una ofrenda grata al dios de la renuncia, dice Robledo en otro poema.

Pero no todo trata sobre el oficio. En un libro que muestra algunas influencias lejanas de T.S. Eliot, de Seferis, quizá, y algo de los más cercanos como William Ospina o Mario Jursich, Robledo domina el lenguaje y hace poesía nueva, incluso construye poesía alegre como el poema que da nombre al libro, que es maravilloso:

Los berberiscos conocieron la noche, también los Tuareg y los catíos, / y gracias a su lección nos queremos entre los ladridos de los perros y la pólvora, / la luna se anuncia, nosotros, pequeñas luciérnagas, nos dejamos llevar por el aire, / no tenemos miedo y dibujamos, sin cesar dibujamos la forma de nuestra dicha en la alta noche.

El libro de Robledo trae poesía a veces algo contenida, a veces hermética, y suena mejor cuando Robledo se deja volar un poco más, cuando suelta las amarras, en los poemas más largos. Pero sin duda el libro está lleno de buena poesía y anuncia poeta bueno para rato.

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