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El mito del salvaje, de Roger Bartra

Mauricio Sáenz reseña 'El mito del salvaje', de Roger Bartra

2014/08/21

Por Mauricio Sáenz

En las fronteras de la civilidad, oculto tras las sombras de los bosques más oscuros, abrigado solo por el pelaje que cubre su cuerpo, acecha el hombre salvaje, listo para atacar a los transeúntes que se ponen a su alcance. A lo largo de la historia, desde la polis griega hasta nuestros días, ese personaje a medio camino entre el humano y la bestia ha sobrevivido en las formas más diversas, siempre para proporcionarles a los civilizados la imagen del Otro, ese desconocido que los define, pero que muy bien podría estar en lo más profundo de su alma.

El antropólogo Roger Bartra, uno de los exponentes más interesantes de la intelectualidad mexicana, analiza esa misteriosa figura en El mito del salvaje. un volumen que recoge dos obras: El salvaje en el espejo y El salvaje artificial.

Comienza con una anécdota del cronista Bernal Díaz del Castillo. En 1538, los conquistadores celebraron en la plaza mayor de México la firma de un tratado de paz entre Carlos V y Francisco I. Para ello instalaron allí un bosque postizo con árboles y hasta animales pequeños. Los protagonistas del espectáculo, sin embargo, fueron unos “seres extraños de identidad intrigante”.

Se trataba de un escuadrón de salvajes, armados de garrotes, vestidos con pieles y hojas, que saltando y gesticulando hacían como que cazaban y combatían entre sí. Pero no representaban, a todas luces, a los americanos recién descubiertos. Como dice Bartra, “esos conquistadores habían traído su propio salvaje para evitar que su ego se disolviera en la extraordinaria otredad que estaban descubriendo”.

Bartra quiere demostrar que el mito del salvaje es una invención europea previa al contacto con grupos humanos exóticos. Corresponde en realidad a la creación del Otro intrínseco, necesaria para perfilar la idea de la civilización como antítesis de la barbarie. De ese modo, el europeo creó, mucho antes de la expansión colonialista, ese opuesto incontrolable que, en realidad, es su propia imagen en el espejo existencial.

Bartra comienza entonces una exploración fascinante de las formas que ha asumido ese mito popular en todos los ámbitos y las culturas, en un libro salpicado de su iconografía a través de las épocas. Y el viaje comienza en Grecia, donde pululaban seres de rasgos animales y existencia brutal dominada por los apetitos: eran los centauros, los silenos, los sátiros, los cíclopes…

Luego recorre la tradición bíblica, que más que salvajes, elaboró una noción abstracta de salvajismo sintetizada en el desierto, con Job y Nabucodonosor como ejemplos de una tradición que seguirían los eremitas y los anacoretas.

Más adelante, el salvaje medieval, el homo sylvestris, sintetiza las tradiciones griegas y judeocristianas. Se trata de un ser amenazante, agresivo, lujurioso y amoral, que vivía en una naturaleza caracterizada como un espacio ajeno a la sociedad, con Merlín y Juan Crisóstomo como paradigmas.

Con la llegada del Renacimiento el personaje se modera, forma familias armoniosas y toca instrumentos musicales. En este trayecto están el Juan de Hierro de los hermanos Grimm, el Leviatán de Hobbes, el Segismundo de Calderón de la Barca, el Calibán de Shakespeare, el Cardenio de Cervantes, al que don Quijote encuentra en la Sierra Morena.

Y al final, el recorrido demuestra que el mito sigue vivo en el Emilio de Rousseau, en Robinson Crusoe, Gulliver, la criatura de Frankenstein, los monstruos de circo, Tarzán, el yeti y Kurtz, el personaje de Conrad en El corazón de las tinieblas. E incluso, ya en el siglo XX, pervive en los superhéroes de los cómics, en particular Wolverine. Todos con su lado animal, seres divididos, versiones modernas del salvaje original, de ese mito que, a pesar de sus extraordinarias mutaciones, sigue representando el ansia del hombre civilizado occidental por reflejarse en ese otro que le aterra, le fascina y, finalmente, le define.

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