El monstruoso tour

Alejandro Quintero Mächler reseña "Nuestro lado oscuro" de Élizabeth Roudinesco

2010/02/28

Por Alejandro Quintero Mächler

"No existe historia de los perversos”, nos dice Élisabeth Roudinesco al comienzo de su libro, y así excusa, de paso, el carácter pionero de un trabajo que pretende, por un lado, adentrarse en los casos más emblemáticos de exhibición de nuestra parte maldita y, por otro, asumir una posición crítica frente al manejo que se le debe dar en nuestros días. Y quién mejor que la psicoanalista lacaniana de renombre internacional, acostumbrada a esculcar en los oscuros rincones del alma humana, para entregarnos sus propias preguntas respecto al truculento mundo de la perversión: ¿Se trata de la expresión de sometidos instintos, del estallido de la olla a presión moralista o, más bien, de la encarnación de un mal que habría que erradicar a punta de deflagraciones? ¿Son los perversos criminales que más valdría encerrar o retorcidos artistas en busca de lo sublime, lo inexpresable? Y a todas estas, ¿quiénes son? Sádicos, pedófilos, zoofílicos, necrofílicos, sodomitas, onanistas relapsos, entre otros, por nombrar tan sólo algunas piezas del interminable museo de horror que pueblan los perversos, mitad maldita de la faz humana, espejo empañado de nuestras pasiones más recónditas.

 

Además del paneo por los más famosos, Sade, Sacher-Masoch, Mengele, el libro se detiene en algunos perversos no tan conocidos: entre ellos desfilan los santos ascetas medievales que, al desgarrarse entre aullidos la carne, fueron no sólo padres de la Iglesia sino también de la genealogía de la flagelación erótica, cuyo recorrido va de la espalda sangrante a las nalgas enrojecidas, del látigo espinoso a la fusta, mezclando el dolor y el placer, lo divino y lo humano; el mariscal Gilles de Rais, compañero de armas de Juana de Arco y asesino, por medio de los mecanismos más atroces y los ritos más desmesurados, de cientos de niños campesinos en Francia; el ecologista fanático Midas Dekkers, amalgama aberrante de vegetariano y zoófilo, autor intelectual de una teoría sobre la sexualidad animal que desembocó en el entrenamiento de los “androzoonos”, animales machos condicionados para satisfacer los deseos de quienes se empeñan en saltar la barrera de las especies; y el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing, autor de Psychopathia sexualis, enciclopedia de perversiones sometidas, gracias a su frío ojo clínico, a una taxonomía tan abundante como sospechosamente detallada, que mantuvo en vela a más de uno, ojeando el libro bajo las sábanas, a finales del siglo diecinueve.

 

El monstruoso tour finaliza en la situación actual, que aún no responde a la inquietante pregunta por las oscuridades de nuestro deseo. Nuestra sociedad se ha transformado en un pandemónium perverso que, a fuerza de no distinguir entre el bien y el mal, entre legalidad e ilegalidad, termina por aceptar, tras una angustiosa digestión, todo tipo de desviaciones. Un ejemplo, nos enseña la psicoanalista francesa, es la pornografía, que desconoce la peligrosidad de la perversión y la ofrece como producto al gusto del consumidor, no sin antes domesticarla, higienizarla. Los pornógrafos actuales juegan a probar, aquí y allá, una cucharadita de pequeñas perversiones, como catadores de exóticos y, en apariencia, inofensivos manjares. Ante esta confusión, la posición de Roudinesco es severa: hay que volver a trazar la línea entre el bien y el mal, recuperar la ética, reducir la tolerancia. Perfecto, pero, ¿quién pinta esa frontera, hoy tan nebulosa? Ya se puede prever, como eco de la tímida sonrisa moralista, el escándalo de los relativistas.

 

Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos.

Élizabeth Roudinesco

Anagrama, 2009

256 páginas. $70.000

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