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El olvido que seremos

Sergio Ramírez reseña El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince Planeta, 2006 274 páginas

2010/03/15

Por Sergio Ramírez

Cuando se hace la pregunta, generalmente fallida, acerca de los propósitos de la literatura, las respuestas vienen a ser también fallidas, como consecuencia. Hay tantas preguntas y respuestas como hay escritores y lectores, pero eso mismo facilita los encuentros únicos que alguna vez se dan entre ambos, lector y escritor, y que significan una doble revelación del milagro, una doble epifanía. Siento que Héctor Abad Faciolince ha escrito esta memoria de la vida y muerte de su padre, El olvido que seremos, para conmoverme a mí, entre todos los mortales y lo ha logrado a plenitud.

Al cerrar el libro, con el alma llena de emoción, uno se pregunta si la literatura de los excesos funciona o no, y también me digo que sí. Es un libro que desborda de amor confeso, un amor impúdico del que el lector tampoco se avergonzaría. Y también aceptaría la terrible dádiva de tener por padre a un ser amoroso que un día será asesinado, y su herencia será también de dolor. El héroe personal que cae abatido, para cumplir su destino de héroe.

El niño despierta a la vida profesando amor ciego al padre, que llena todos los espacios, y va creciendo con esa infaltable necesidad de sentirse cerca, si no pegado, a esa presencia que anula todo lo demás. Es un amor que se hizo durante la infancia, y desde entonces se volvió inconmovible, la infancia reflejada en ese “espejo opaco y vuelto añicos” de los recuerdos, hecha no de líneas cuando llega a la memoria, sino de sobresaltos.

Y es tal ese amor sin muros ni acomodos, que igual seguiría golpeando en el recuerdo del hijo si el padre hubiera muerto tranquilamente en su cama. Pero el caso es que el padre que llena las páginas de este libro línea a línea fue ultimado a tiros por unos sicarios bajo paga en una calle de Medellín, y eso no cambia el destino del amor profeso, pero lo ilumina con un aura de dramatismo que viene a ser tan grande como el aura de ese mismo amor.

No se trata de un padre cualquiera, que nunca pudo haber muerto de vejez en su cama, sino de un idealista de ésos a quienes la pureza de su credo y de sus intenciones hace que desprecie los peligros que, por culpa de su conducta, van cercándolo todos los días. Un médico que desde joven quiere hacer de su profesión algo más que un ejercicio liberal, para beneficio de los más pobres y necesitados, y que se convierte luego en un defensor de los derechos humanos en un país en donde semejante condición ha representado una sentencia de muerte.

Tentación de martirio, activismo frenético, el desborde de un sentimiento moral elevado que lo lleva no pocas veces a padecer de ingenuidad, y en sus momentos de vanidad, hasta la vanidad viene a ser ingenua. El hijo busca los resquicios por los que pueda colarse el lado flojo del padre, temerario porque es capaz de compadecer a los demás. Y la compasión, escribe el hijo, no es sino esa facultad tan escasa en los seres humanos de situarse en el lugar del otro, escasa y rara facultad que no pocas veces llega a costar la vida.

Pero por esos resquicios no se cuela sino la esencia misma del personaje singular que el día que van a matarlo, ha copiado a máquina un poema de Borges que será encontrado en uno de sus bolsillos: ya somos el olvido que seremos. El polvo elemental que nos ignora… En el mismo bolsillo en que lleva la lista de los amenazados de muerte de ese día, comunicada por los barones de la muerte a una emisora de radio, y en la que figura su propio nombre. El destino muchas veces no es imprevisión, ni fatalidad, sino conciencia de lo que uno ha venido a hacer sobre la Tierra.

Un escritor tiene siempre un lector en singular que de alguna manera guía sus pasos. El lector vigilante de Héctor Abad Faciolince es su padre. El padre asesinado. “Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra...”, dice el hijo. Uno adivina que esta carta ha venido siendo escrita desde hace tiempos, desde aquel martes 25 de agosto de 1987, cuando la madre y los hijos, cada uno a su manera, recibieron la noticia del asesinato a mansalva del padre, y ese conjunto de testimonios viene a ser de las partes más conmovedoras del libro, en un libro que es todo conmovedor.

Pero más que la carta a una sombra, es la rendición puntual de cuentas a una presencia viva. Una presencia que viene a llenarlo todo, vida, recuerdos, futuro, frente a la que no hay olvido posible. Más que el olvido, es el recuerdo que el padre será siempre en la cabeza del hijo que escogió ser escritor. El padre que, según Aristófanes, llevamos siempre enterrado en la cabeza.

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