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El origen del miedo

Franco Lolli reseña La teta asustada, la última película de la directora peruana Claudia Llosa.

2010/03/15

Por Franco Lolli

La teta asustada se abre con un prólogo intrigante y extraordinario: durante los dos primeros minutos no hay imagen en la pantalla, pero se oye la voz arrulladora de una mujer que canta en quechua, recordando la forma como fue violada por varios hombres cuando estaba embarazada de su hija. Después la pantalla negra da paso a un plano fijo sobre la mujer que canta —una anciana indígena— y luego entra al plano su hija Fausta, que, también cantando, intenta consolarla. Unos segundos más tarde, la anciana muere fuera de campo, se hace de nuevo la oscuridad y aparece el título en letras grandes.

En apenas dos planos y un par de minutos, la joven directora peruana Claudia Llosa (sobrina del reconocido escritor Mario Vargas Llosa) ha dado el tema y el tono de la fascinante película por venir.

Fausta sufre una extraña enfermedad: a pesar de no haber vivido lo más duro de la época del terrorismo, la joven ha heredado, a través de la leche materna, el pavor de su madre a los hombres. Para protegerse de ellos, vive retraída y se ha introducido una patata en la vagina. Tras la súbita muerte de su progenitora, Fausta se ve obligada a encontrar trabajo como empleada doméstica en casa de una pianista de la alta sociedad, pues necesita dinero para financiar el viaje de su difunta madre desde Lima hasta su pueblo natal. Es así como termina por afrontar sus miedos y sus traumas; los mismos que —según la realizadora— el pueblo peruano aún no ha logrado superar.

La ambición de la directora con esta película es inmensa. La historia se cuenta en varios niveles de representación, los eventos tienen a la vez una resonancia dramática y simbólica, y se trata tanto de Fausta y su relación con los otros como de la historia de Perú y de las costumbres de sus habitantes. La manera en la que Llosa aborda los mismos temas que preocupan a la mayoría de los cineastas latinoamericanos (las consecuencias de la violencia, la pobreza, la imposibilidad de verdadero contacto entre las clases) es, por lo menos, singular. A una representación realista de los hechos, la directora prefiere una representación poética y pictural; escoge narrar su historia bajo la forma del cuento cinematográfico y siempre se sitúa a la distancia adecuada de sus melancólicos personajes.

Las composiciones de sus planos son extrañas y minuciosas, pues es en ellas donde se juega lo esencial de una obra que nunca pretende la fluidez y, al contrario, se afirma en sus cortes. Cada plano posee su independencia, cuenta su propia historia. Y a pesar de que el filme trabaja un ritmo particularmente lento, el tiempo siempre parece correcto para la musicalidad global de la cinta, y nunca le sobra un solo segundo a ninguno de los sobrios y elegantes planos.

Sin embargo, todas estas virtudes serían sin importancia si la actriz que personifica a Fausta no fuera la bellísima Magaly Solier, que Llosa había descubierto para su primera película Madeinusa. Como Monica Vitti en su tiempo, Solier lo encarna todo sin necesidad de hacer nada; en su misterioso rostro se pueden leer la tragedia de la mujer peruana y la potencia vital de la mujer en general. Claudia Llosa la supo encontrar y tuvo la inteligencia de volver a utilizarla, como Pialat hizo con Bonnaire, Scorsese con Keitel, o Truffaut con Léaud. Esta es sin duda la mayor prueba del talento de la directora, y razón más que suficiente para justificar el Oso de Oro que La teta asustada recibió en el pasado festival de Berlín.

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