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El Oscar de la música clásica

Juan Carlos Garay reseña a El Cuarteto Ébene, ganador del disco del año del sello Gramophone.

2010/03/15

Por Juan Carlos Garay

En una ceremonia que ya es esperada cada año en el mundo de la música, se entregaron recientemente los premios Gramophone. Al trofeo lo llaman “el Oscar de la música clásica” y la verdad es que, si bien el salón del Hotel Dorchester de Londres es más íntimo que el Kodak Theatre, la velada recuerda la parafernalia y la elegancia de los premios de Hollywood.

El Gramophone fue creado hace 32 años por un grupo de musicólogos británicos (de la revista que lleva el mismo nombre) al que después se sumaron periodistas, instrumentistas y miembros de la industria discográfica. Su objetivo ha sido llamar la atención sobre las mejores grabaciones que se lanzan cada año, considerando en un mismo nivel los productos de las grandes disqueras y los títulos de sellos independientes. Y la reacción entre el público es fácilmente medible. Éstos fueron los premios que a comienzos de los 90 declararon canónica la caja con las nueve sinfonías de Beethoven dirigidas por Harnoncourt.

Precisamente la sorpresa de este año tuvo que ver con la adjudicación del premio máximo, la Grabación del Año. “Uno esperaría que la grabación del año fuera una ópera”, declaró a la radio el violista Mathieu Herzog refiriéndose al candidato favorito, el celebrado álbum de Madama Butterfly cantado por la soprano Angela Gheorghiu. El sorprendido Herzog es integrante del Cuarteto Ebène, que resultó llevándose el gran trofeo por un disco con música de cámara de Debussy, Ravel y Fauré.

Y si bien el jurado honró al octogenario Harnoncourt con el premio a la vida y obra, el interés de la prensa se ha ido hacia figuras jóvenes como los músicos del Cuarteto Ebène: un grupo que puede llegar a ser monástico en sus interpretaciones más profundas, pero que también tiene su filo comercial. Ya anunciaron que su próximo disco será de temas cinematográficos, incluida la música de Pulp Fiction. El otro protagonista de la noche es un tipo tranquilo, que sale sin corbata y medio despeinado en las portadas de sus discos. Se llama Jean-Efflam Bavouzet y el director de la revista Gramophone no ha ahorrado elogios para definirlo: “Es un pianista sublime que nos cambió la manera de oír a Debussy”.

Hasta aquí es claro que el premio Gramophone se entrega a los intérpretes. Pero imaginemos por un momento que los galardonados son los mismísimos compositores, en una ceremonia en que la “inmortalidad” de estos artistas va más allá de la retórica. Handel luciría orgulloso esa noche, estrenando casaca y peluca blanca, feliz porque sus Himnos de Coronación triunfaron en la categoría barroca. Tchaikovsky estaría sinceramente conmovido por el reconocimiento a su Sinfonía Manfred como mejor obra orquestal. Y Puccini sería como el futbolista que metió el gol de último minuto: su Madama Butterfly alcanzó a clasificar en la categoría de ópera. Con todo, el gran triunfador de la noche fue Claude Debussy, el enigmático impresionista francés.

Dos de los álbumes premiados incluyen sus obras. El conjunto Ebène evoca su Cuarteto en Sol menor, Opus 10, siempre bello y todavía un poco excéntrico. Fue su primer cuarteto de cuerdas, escrito a los 30 años, y terminó siendo el único porque después Debussy prefirió formas más libres. Ahí entra en escena el segundo álbum, del mencionado pianista Jean-Efflam Bavouzet. Está su serie de Imágenes: hay títulos sugestivos como “Reflejos en el agua” y las melodías son tan libres que limitan con la abstracción. Igualmente aparecen los Estudios, escritos ya por un Debussy cincuentón. Su naturaleza es la de piezas didácticas para el aprendiz, pero es sólo una apariencia: si bien sirven como ejercicios para flexibilizar los dedos, al final se vuelven experimentos sonoros absolutos.

En Debussy todo es un juego de tonos, como si alguna vez hubiera existido una melodía pero el aire se la hubiera llevado. Ese espacio armónico un poco difuminado fue su gran legado, una especie de borrón desde donde podemos intuir, volver a imaginar, volver a sentir ese desafío que la vida, y sobre todo el arte, no pueden darse el lujo de perder.?

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