Portada de El Lémur de Benjamin Black.

El otro, el mismo

Consuelo Gaitán reseña El Lémur de Benjamin Black.

2010/04/21

Por Consuelo Gaitán

“Crisis: cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente” Real Academia Española. Gracias a una crisis (que mejoró al paciente), John Banville le dio entrada en el mundo literario a Benjamin Black. Cuenta Banville que hace algunos años pasaba por un mal momento en su vida creativa –estaba completamente bloqueado– cuando tuvo la suerte de toparse con Black en un bar del barrio latino de Dublín: “Black es una buena manera de ser otro sin dejar de ser el mismo”.

A partir de ese momento Banville, escudado en su heterónimo Black (El Lémur es su tercera novela), entra a la familia de los grandes escritores tentados por lo detectivesco: Dickens, Sciascia, Vian, James, y en la actualidad Bernhard Schlink y Philippe Kerr. Sin embargo y aunque Banville nos hace creer que bajo el manto de Black escribe completamente distinto (dice que “Black tiene talento para la ficción barata”, mientras que de sí mismo dice que escribe “mejor que sus contemporáneos”), el lector percibe inmediatamente que se encuentra ante uno de los grandes. Concretamente en El Lémur, novela de no más de 200 páginas, el lector, entre otras cosas, se lleva una inmediata y vívida impresión de la primavera neoyorquina gracias a una especie de ráfagas contundentes de lenguaje que capturan “la textura y el sereno matiz” de la atmósfera. Quedamos completamente inmersos en la ciudad primaveral con la sola mención del reflejo de un hilo de luz que cae sobre la esquina de edificios más concurrida de la ciudad, por el olor que se desprende de un árbol del Central Park o el sonido de una música de fondo en un bar de Manhattan al atardecer.

Y no solo en la atmósfera vislumbramos al gran escritor que está detrás: salta a la luz la maestría de las pinceladas con las que construye personajes en una sola frase, o una escena en apenas dos renglones y, no menos relevante, la calidad de la trama.

El Lémur relata un momento crucial en la vida de un talentoso y reconocido periodista irlandés, casado con una millonaria heredera neoyorquina, retirado voluntariamente de su oficio y a quien la decepción y el hastío le han invadido. Con menos de cincuenta años y gran prestigio en el mundo del periodismo gracias a sus crónicas sobre los conflictos mundiales más recientes, descubre un día que “había acabado algo en su ser, se había apagado una luz”. La obra, atravesada por un dejo irónico permanente, contiene todos los ingredientes de una novela negra de las buenas: un misterioso crimen, un multimillonario, lujosas mansiones, una amante, y en medio de esto el dilema moral del protagonista. Pero no nos engañemos: es una novela ligera que se lee de una sola sentada, sin complicaciones técnicas ni grandes reflexiones metafísicas. Black es divertido, Banville es mordaz. Le agradecemos enormemente el que haya decidido poner su oficio al servicio de un género que, para quienes son lectores consumados, hace las veces de un oasis maravilloso y energizante. Después de leer El mar o El libro de las pruebas, cuya hermosísima prosa nos deja deslumbrados y cuyos personajes nos ponen casi al borde del llanto (libros que no “toleran un lector que se duerme entre una línea y otra”), este Lémur nos permite gozar de una narración de primera calidad pero sin el esfuerzo y la concentración que exige el “pretencioso” de Banville, como le denomina Black. Si bien no son tan diferentes como pareciera, no creemos que suceda lo que para Banville es su pesadilla recurrente: cuando dentro de 50 años alguien consulte sobre John Banville la referencia sea ver: Benjamin Black.

 

El Lémur

Benjamin Black

Alfaguara, 2010. 202 páginas. $37.000

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