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El Papa no volvió

Juan Carlos González reseña El baño del Papa, una película dirigida por César Charlone y Enrique Fernández

2010/07/13

Por Juan Carlos González A.

Melo, Uruguay, es un punto mínimo del mapa. Una población pobre cerca de la frontera con Brasil, que en 1988 se tornó fugazmente famosa: el papa Juan Pablo II iría a visitarla.

Semejante oportunidad de recibir por primera vez turistas se antoja irresistible para los pobladores, que harán todos los esfuerzos necesarios para aprovechar desde el punto de vista comercial (con la venta de alimentos, bebidas, estampas y recordatorios) la visita inefable del pontífice. Un pequeño pueblo se prepara entonces para un visitante inédito. Ese también es el esquema básico de Bienvenido Mr. Marshall (1952), el gran clásico del español Luis García Berlanga, que relata cómo una población entera fue literalmente engatusada para preparar la recepción de un funcionario extranjero que pasó de largo, dejándolos a todos con un palmo de narices y con todas la ilusiones y promesas por cumplir. Sin embargo, hay diferencias de fondo entre ambos filmes: el Villar del Río de Berlanga preparó la visita como un evento colectivo que involucraba a cada uno de los habitantes, mientras en Melo es el empeño individual el retratado, el esfuerzo de cada uno por lucrarse según sus recursos y sus posibilidades. Además en el de Melo, el Papa sí llegó…

Lo que distancia definitivamente a ambas películas —para acabar aquí del todo con este odioso parangón cinéfilo— es la descripción costumbrista, en extremo realista, que los directores César Charlone y Enrique Fernández hacen en su película El baño del Papa (2007), convirtiéndola en un homenaje a la recursividad de un grupo de personas que carecen de todo, menos de la voluntad para no dejarse derrotar por la adversidad y la falta crónica de oportunidades. Los codirectores no son condescendientes, simplemente narran de cerca las historias mínimas (la evocación del cine de Carlos Sorín no es nada casual) de los habitantes de Melo, centrándose en Beto y su familia. Beto es un rebuscador que, armado de una bicicleta, se dedica al contrabando a pequeña escala de artículos comprados en Brasil y que revende al tendero local. Con eso sostiene su hogar, donde una hija adolescente es el símbolo de la falta de resignación de las nuevas generaciones, incapaces de languidecer frente al destino predecible al que su condición económica parece condenarlos.

Ahora a Beto y a su familia los anima una nueva ilusión: construir un baño público para el servicio de los turistas que según los cálculos invadirán ese día a Melo. Un baño: algo que ni siquiera su propio hogar tiene. Un lujo que no pueden darse, pero que fácilmente será compensado. Lo importante en esta película no es saber si hubo largas filas frente al baño ese día, lo importante es el relato de los esfuerzos y las fatigas titánicas de Beto por poder conseguir ese sueño. De alguna forma, vende su alma al diablo local para poder superar las dificultades que implica para alguien pobre hacer algo fuera de sus posibilidades.

Beto no es un santo, es un hombre normal, ignorante y con debilidades, un ser con el que nos hemos topado muchas veces en la vida real, ignorantes nosotros de qué sueños tiene, qué ilusiones lo alumbran, qué propósitos hacen que se levante cada día a enfrentar el destino. El mérito grande de El baño del Papa es acercarnos a esa vida sin que medie una manipulación miserabilista. Charlone y Fernández no se regodean ni se ensañan con la pobreza. La utilizan solo como un marco para una historia de seres humanos dispuestos a dejar hasta el último aliento con tal de ver un sueño —aunque sea uno— cumplido.

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