El pasado en presente

Samuel Castro reseña "Ágora" de Alejandro Amenábar.

2011/05/03

Por Samuel Castro

La expresión “cine de autor” se ha convertido en una frase que disuade a gran parte del público de ver ciertas películas. Al escucharla piensan que tendrán que soportar cintas somnolientas, disfrutables solo para un puñado de iniciados. Y ese es un cliché con el que hay que acabar, pues como son sus ideas y sus obsesiones las que hacen de un director un verdadero artista, “cine de autor” también son las películas de Chaplin y de Hitchcock, de Spielberg y de Tarantino. Para muchos extremistas del cine, el pecado de todos estos directores es que cuentan con el favor de la taquilla y, por esa misma razón, tantas personas se resisten a pensar que el trabajo de Alejandro Amenábar es cine de autor. Pero no se puede llamar de otra manera a un cuerpo de películas que desde sus inicios ha intentado hablar de grandes temas contemporáneos en el atractivo empaque del cine de género. Si en Tesis nos cuestionaba nuestro morbo exagerado por la imagen impactante y en Mar adentro nos obligaba a entender la eutanasia como una salida digna a una vida miserable, en su más reciente película, Ágora, Amenábar ha usado el viejo truco de usar el pasado para hablar del presente.

 

Alejandría, en el siglo IV antes de Cristo, era una ciudad multicultural, que atraía a estudiosos de todo el mundo gracias a su biblioteca (la segunda de ellas, pues la que ha pasado a la historia, para aquella época ya se había incendiado), en la que convivían todas las religiones y las creencias. En ese momento histórico, Amenábar decide contar la historia (imaginada en su gran mayoría, pues los datos que perduran son muy pocos) de Hipatia, una de las pocas mujeres científicas de la Antigüedad, que da clases a los alumnos de las clases acomodadas, a la que ella misma pertenece.

 

Y lo que podría haber sido una típica historia de romanos y griegos, con luchas de espadas y persecuciones en sandalias se convierte, gracias a la visión del director español, en una ambiciosa metáfora del mundo de hoy, demasiado ambiciosa incluso, pues a veces pareciera que hay muchos temas por desarrollar en la propuesta: la pelea constante que una mujer brillante debe dar en un mundo masculino para hacerse escuchar; el desprecio de las élites por aquellos que consideran inferiores, olvidando que las clases altas siempre son minoría numérica en la batalla; las decisiones difíciles que deben tomar los políticos y los dirigentes, incluso en contra de sus propias convicciones.

 

Pero el tema principal de la película, por el que vale la pena soportar su comienzo dubitativo y desangelado, es el de la estupidez de la fe religiosa cuando es fanática. A través de los ojos de Hipatia, encarnada con serenidad y convicción por la bellísima Rachel Weisz, vemos que aquellos cristianos que un par de siglos atrás eran perseguidos y crucificados, ahora que son mayoría y que tienen el poder de su lado, ejercen sobre judíos y paganos la misma intolerancia de la que antes se quejaban, y proscriben las enseñanzas de la ciencia a las que Hipatia ha dedicado toda su vida. Cuando los bárbaros cristianos (tan parecidos en su apariencia a la imagen que tenemos de los terroristas islámicos) se toman la biblioteca y arrasan con los textos allí guardados, Amenábar decide mostrarnos que el mundo hasta entonces conocido se puso literalmente de cabeza.

 

El único pecado de Ágora es lo riguroso de su planteamiento. Cada plano de la película tiene una intención (como la comparación que el director hace de nuestros conflictos humanos con las batallas de un hormiguero) y eso hace que al final sintamos que más que un drama humano, vimos el discurso contra la intolerancia que escribió su director. Pero eso es lo que hacen los verdaderos autores, convertir sus ideas en arte.

 

Ágora (2010)

Dirección: Alejandro Amenábar

Guión: Alejandro Amenábar y Mateo Gil

Actores: Rachel Weisz, Max Minghella, Óscar Isaac

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