El placer de la tensión

José Alejandro Cepeda reseña Heligoland, el último disco de la agrupación Massive Attack

2010/06/29

Por José Alejandro Cepeda

La música, como todas las artes, se encuentra cada cierto periodo con callejones sin salida. Algún género entra en desgaste inevitable, que le impide seguir sorprendiéndonos. De repente los ritmos, sonidos, armonías, melodías y puestas en escena que se describían como vanguardistas, nos aburren. Este ciclo, que en el pop identificamos en el último medio siglo más o menos cada decenio, muestra que lo que era alternativo o subterráneo puede pasar de repente a ser la corriente principal para ser devorada sin compasión, como le sucedió al rock and roll, la psicodelia, el punk, la electrónica o el grunge. Pero esto no impide que cada tanto aparezcan artistas dispuestos a encontrarle salidas al callejón como Massive Attack, grupo que dentro de un novedoso género denominado trip-hop desde Bristol, Inglaterra, cumple dos décadas de seguir intentándolo, ofreciéndonos su nuevo álbum Heligoland.

Una primera lectura nos podría decir que se trata de uno más de esos grupos modernos, tan depresivos como inteligentes, que salen de un lánguido suburbio inglés y se vuelven de culto. La tierra de su majestad, prolija en ello, inmediatamente dispara varios nombres: Joy Division, The Cure, The Smiths, The Stone Roses, Radiohead, Muse…, pero una visión más profunda nos recuerda que más que eso, el proyecto de Robert ‘3D’ Del Naja, Grant ‘Daddy G’ Marshall y Andy ‘Mushroom’ Vowles (lamentablemente sin él desde 1999), no era la plataforma exclusiva para su propio triunfo sino para la experimentación deconstructiva audiovisual, electrónica y orgánica de su tiempo, abierta a quienes quisieran participar en ella. El resultado fueron tres primeros álbumes brillantes; Blue Lines (1991), Protection (1994) y Mezzanine (1998) seguidos de un digno 100th Window en 2003, que los encumbraron junto a The Wild Bunch, Neneh Cherry, Tricky y los magníficos Portishead al panteón de la música independiente europea con raíz común en Bristol. Heligoland, como sugiere ese nombre inspirado en el archipiélago alemán del Mar del Norte, es una isla de náufragos donde Massive Attack refugia, composición tras composición, a destacadas figuras dispuestas a salir o derribar el callejón aún sin conseguirlo; desde Guy Garvey de Elbow, las delicadas Martina Topley-Bird y la californiana Hope Sandoval de Mazzy Star, al Damon Albarn post Blur de Gorillaz, comprobando que la buena música es siempre la que acumula una gran carga de tensión dispuesta a liberarse. El problema, lo que puede frustrar a muchos, es que esa tensión como sí sucede en “Splitting the Atom” con voces del jamaicano Horace Andy no siempre se ve superada, pero para los seguidores nuevos o radicales es una invitación a disfrutar incondicionalmente de su belleza. La mejor prueba es “Fatalism”, un repaso exquisito de las texturas que pueden generar los sintetizadores en buenas manos junto al maestro nipón Ryuichi Sakamoto, desafortunadamente solo en la versión iTunes o en un supersencillo de remezclas.

El crítico Simón Sinclair anotó que la música de Massive Attack, que ha sido catalogada ideal para escuchar entre las cuatro y las seis de la mañana –quizá conduciendo por una carretera incierta mientras arrecia la lluvia–, sigue siendo dueña de la suficiente elegancia para una fiesta sofisticada o para estar solo y satisfecho. Ambos propósitos siguen siendo absolutamente respetables.

Heligoland

Massive Attack

Virgin, 2010

$35.000

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