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El que poco abarca...

Alberto de Brigard reseña Salir a robar caballos, del escritor noruego Per Petterson

2010/06/30

Por Alberto de Brigard

Esta magnífica novela acaba de llegar a las librerías colombianas sin fanfarrias, tal como ocurrió en Alemania, Inglaterra, Francia y Estados Unidos; en todos los casos la aceptación fue gradual, pero definitiva. Hasta la aparición del libro, en 2003, su autor era prácticamente desconocido fuera de Noruega, a tal punto que la edición para Estados Unidos fue rechazada por varias editoriales grandes y el libro fue publicado por una empresa semipública sin ánimo de lucro, después de obtener fondos subsidiados para su traducción. La obra merece correr entre nosotros con la misma suerte que tuvo en todos esos países, donde ingresó a las listas de los mejores libros del año de varias publicaciones, hasta que en 2007 recibió el Premio Impac de Dublín, quizás el más democrático de los premios literarios, si se considera que las obras nominadas para competir son propuestas por los lectores y los funcionarios de más de 250 bibliotecas públicas de todo el mundo.

La historia transcurre en dos épocas: en 1999, Trond Sander, un hombre de 67 años, se prepara para pasar el invierno en la cabaña aislada y semiderruida que ha escogido para alejarse de la ciudad y superar unas tristezas que no quiere reconocer del todo; en cierto modo, también se prepara para afrontar el invierno de su propia vida, aprovechando sus últimos años de autosuficiencia y de vigor. Un encuentro casual con su único vecino cercano lo obliga a recordar eventos de 50 años atrás, durante un verano marcado por un accidente absurdo, por descubrimientos gratos y dolorosos, y por separaciones que prueban ser definitivas. La figura dominante en ese verano es el padre de Trond y uno de los puntos más fuertes de la novela es la sutil descripción de las complejidades de sus vínculos con el hijo adolescente.

El gran tema del libro es la aceptación. Aceptación de las limitaciones de la edad, de los dolores de la vida, de las fallas de los seres queridos, de las ausencias irremediables. Pero en este caso aceptación no es, de ninguna manera, sinónimo de derrota; en una novela no muy extensa tenemos la impresión de que presenciamos un amplio panorama de una vida bien vivida, en la que buenas épocas fueron un soporte sólido para otras más duras. La tarea no era fácil: la historia tiene todas las condiciones para caer en el sentimentalismo dulzón o en la parábola moralizante, lo que nunca ocurre. Por el contrario, el lenguaje de Petterson, que es austero y mesurado, transmite convincentemente las dificultades que tiene un hombre reservado para expresar su ternura. En la juventud esas dificultades provienen principalmente de que Trond apenas empieza a conocer sus propios sentimientos, mientras que en la madurez sus afectos tienen que atravesar la costra que ha tenido que generar para sobrellevar todo lo que le traen los años.

Una forma frecuente (y muchas veces vaga e injusta) de desaprobar obras literarias es calificarlas de excesivamente ambiciosas, aludiendo a que no profundizan en todos los temas que mencionan o sugieren. Este es el perfecto ejemplo del caso contrario: restringiéndose a dos momentos importantes en la vida de un hombre común, Salir a robar caballos logra tocar una multitud de temas importantes y ofrecer reflexiones interesantes y en muchos casos conmovedoras sobre todos ellos.

Va contra los estereotipos encontrar auténtica emoción y calidez en las palabras de un nórdico. Esa es solo una de las gratas sorpresas de una novela que ofrece una historia perfectamente construida y que, tanto con lo que dice como con lo que sugiere, puede dejar del todo satisfecho al lector más escéptico.

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