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El Puente, vida y ascenso de Barack Obama', de David Remnick

El puente, de David Remnick

Crítica libros

El predestinado. Mauricio Sáenz comenta el libro David Remnick, sobre la vida del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama.

Por: Mauricio Sáenz

Publicado el: 2013-01-22

¿Estaba predestinado Barack Obama para ser el primer presidente afroamericano de la historia? Contestar esa pregunta, por supuesto, no es el objetivo del periodista David Remnick, laureado director de la revista The New Yorker, con su libro El Puente, vida y ascenso de Barack Obama. Pero ­–aún a sabiendas de que no tiene respuesta– es inevitable hacérsela al terminar de leer este volumen grueso, contundente y emocionante hasta las lágrimas. Remnick nos conduce a esa digresión cuando aprovecha todas las oportunidades para contarnos lo que cada avance de Obama significa en el contexto de la tragedia afroamericana y la lucha por los derechos civiles. Al fin y al cabo, hasta hace apenas unos años pensar en un presidente estadounidense negro era, si acaso, un chiste de buen gusto.

Y es que, vistas en su conjunto, las circunstancias de la vida de Obama “conspiran” a su favor, incluso las que parecían negativas. Haber nacido en un hogar disfuncional, abandonado por su padre a los dos años y llevado a vivir a países extraños con un padrastro extranjero parecen dificultades insuperables. Pero ser de la multirracial y tolerante Hawaii, haber tenido una madre blanca de Kansas y un padre negro de Kenya, y haber conocido otras culturas acabaron por ser circunstancias favorables. Anne Dunham era un espíritu libre y cosmopolita, una académica y una investigadora social. Barack Obama padre pertenecía a la élite intelectual de Kenya y si fracasó fue en gran medida por las tensiones tribales que encontró a su regreso, luego de estudiar con resultados brillantes en Harvard. Los padres de Obama eran excepcionales y no debería sorprender que su hijo también lo fuera.

Esa historia inusual, que sirvió a sus detractores para acusarlo de ser poco norteamericano, fue a la larga la narrativa en la que apoyó sus enormes inteligencia y voluntad. Obama representaba el “sueño americano” de dificultades superadas, pero nunca acumuló los rencores de la discriminación ni era tataranieto de esclavos. Y por el contrario, sus abuelos maternos, cruciales en su juventud, le permitieron ingresar a la primera de las varias instituciones de primera línea en las que estudió. El resultado fue un personaje sofisticado y atípico que al no representar la amenaza de revancha racista, podía aspirar al voto de cualquiera.

El Obama que emerge de esta monumental biografía-reportaje es un ser de múltiples facetas. No es el mejor estudiante pero sobresale desde temprano. Es un abogado joven idealista que defiende casos sociales por una fracción mínima de lo que ganan sus compañeros de Harvard. Es un organizador comunitario que descubre su vocación social y la asume con todas sus fuerzas. Y cuando llega a la política, es un operador versátil que le habla en su idioma a cada una de sus audiencias de cualquier raza; que entrena pacientemente una oratoria arrolladora; que se niega a plantearse como un candidato negro aunque ensaya hasta su forma de caminar y que no duda en apelar al compromiso y la transacción y hasta a la manzanilla. Porque entiende que solo ganando el poder es posible hacer los cambios que necesita el país, no solo con la bandera de una raza oprimida, sino con la del creciente número de desposeídos, sin considerar su color. Un candidato que al llegar a la presidencia no duda en tomar posiciones que parecen contradictorias, porque no es (nunca quiso ser) el líder de un movimiento, sino el presidente de un país entero.

Remnick sabe que ni él ni nadie pueden calcular la estatura que la historia le otorgará a ese Barack Obama que ya al menos fue ungido con la reelección, el premio mayor que separa a los presidentes exitosos de los fracasados. Entre tanto, se encarga de que nunca olvidemos que la Casa Blanca desde donde hoy gobierna ese hijo de un inmigrante kenyano, fue construida por esclavos africanos que ni siquiera tenían nombre.