Afiche de la película Déjame entrar.

El rastro de tu sangre en la nieve

Juan Carlos González reseña la película Déjame entrar.

2010/04/21

Por Juan Carlos González A.

Qué lugar tan solitario es la adolescencia. Qué silencios se viven, qué incomprensiones se padecen, que ganas hay de ser visto, de ser aceptado, de poder encontrar alguien que hable nuestro propio lenguaje. Nos sentimos tan extraños en la adolescencia, tan confundidos y perplejos, que hasta pudiéramos llegar a pensar que nos entenderíamos bien con la quintaesencia del ser adolorido, el vampiro. Bueno, si acaso existiera. Por fortuna la fabulación del cine no tiene límites y la amistad entre adolescentes y vampiros –una sumatoria de soledades– es factible.

¿Suena a Crepúsculo, verdad? Sí, es cierto. Pero a la historia de Bella y Edward, que el mundo conoció a finales del 2008, le salió un rival que –si vamos a ser justos– debutó once meses antes, en enero del mismo año, pero obviamente con menos despliegue publicitario. Se trata de Déjame entrar (Låt den rätte komma in, 2008), una abrumadora historia entre dos adolescentes suecos, Oskar y Eli. Él es hijo único, vive con su madre divorciada y es víctima del matoneo constante de sus compañeros del colegio. Ella es una vampira errante, que acaba por casualidad siendo su vecina.

El director de la película, Tomas Alfredson –sueco, 45 años– sitúa la historia en los años ochenta cuando él y muchos de los espectadores hoy adultos éramos adolescentes. No sé si es casual o si quería recalcar el aislamiento y la soledad de esos días en los que no había computadores, internet o telefonía móvil y se estaba más con uno mismo, solo con sus dudas y sus terrores personales. A Oskar, además, lo rodean el frío y la nieve. Por eso cuando en su vida aparece Eli, que se antoja tan desvalida como él, la conexión entre ambos es instantánea. Ella oculta un secreto, pero ¿qué adolescente no tiene uno?

Es enorme la química entre los personajes, cuya ambigüedad sexual es uno de los puntos más sensiblemente desarrollados por el guión. Oskar busca una voz amiga, no importa si Eli no es una chica, como varias veces se lo dice. Ella está cansada del dolor de ocultar quién es y ve en él a alguien que la acepta como es. Se vuelven inseparables. Déjame entrar es el drama de dos vidas, Crepúsculo es su parodia. ¿Dos vidas? ¿Hemos olvidado acaso que Eli es una vampira? No, pero es tal la sensibilidad de la aproximación de Alfredson que terminamos por aceptarlo. Recordemos en este momento a Alfred Hitchcock que equiparaba sus filmes con los cuentos de Edgar Allan Poe: “Un relato perfectamente inverosímil narrado con una lógica tan alucinante que se tiene la impresión de que esa misma historia le puede suceder a uno al día siguiente”.

Pese a esto, los fanáticos del cine de terror no tienen por qué sentirse defraudados con esta historia de una criatura de la noche de eternos 12 años y un rostro que inspira ternura. A medida que Déjame entrar avanza vamos comprendiendo el tamaño de la sed de Eli y hasta dónde puede llegar con tal de saciarla. Los códigos del vampirismo como los entiende el cine están intactos, simplemente inmersos en una historia situada en un suburbio sueco donde los muertos se van apilando, sin que sepamos muy bien la reacción policial o las investigaciones de lo que ocurre cuando la nieve se tiñe de rojo. Todo pasa a un segundo plano ante la fuerza del lazo que se desarrolla entre estos dos jóvenes, cuya inocente historia de amor saben condenada, pero que se resisten a abandonarla. Los hermosos ojos de Eli, enmarcados en un rostro donde hacen difícil equilibrio unas gotas de sangre, tienen la respuesta.

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