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El sentido de un final, de Julian Barnes

El sentido de un final, de Julian Barnes

Crítica Libros

Los autoengaños de los derrotados

Por: Alberto de Brigard

Publicado el: 2013-03-14

Adoptar el punto de vista de un narrador poco confiable es una herramienta estándar del vademécum del novelista, utilizada con éxito por autores tan disímiles como Agatha Christie en El asesinato de Rogelio Ackroyd o Kazuo Ishiguro en varias de sus obras. Un lector cautivado por la voz de un protagonista que no quiere o no puede decir toda la verdad está abocado al ejercicio mental de hacer una doble interpretación de cada frase para tratar de descifrar las deformaciones que imponen al relato las intenciones o las ineptitudes del narrador; esta tarea puede ser una experiencia agradable y enriquecer de maneras insospechadas al texto, como en el caso del último libro de Julian Barnes.

Parte de la habilidad del novelista para hacer buen uso de este recurso consiste en saber cuándo y cómo indicar al lector que debe tomar las palabras de su personaje con más de una pizca de sal. En esta novela Barnes juega con las cartas destapadas: desde la primera página entre los recuerdos de Tony Webster se intercalan afirmaciones como: “Lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que has presenciado” o “Aunque ya no tengo la seguridad de que algunos sucesos fueran reales, al menos recuerdo con claridad las impresiones que dejaron”.

Webster es un hombre mayor que ha vivido una vida convencional: bien educado, retirado de una carrera profesional exitosa pero no vistosa, separado y con una hija. Ha dedicado gran cantidad de tiempo y energía emocional a un objetivo aprobado por los epicúreos: evitar el sufrimiento. Para ello se ha esforzado por controlar sus emociones, aceptar sus propias deficiencias y mantener distancias con casi todos sus allegados, incluyendo a su exesposa y a su hija.

El libro comienza con unas memorias juveniles bastante ordinarias: los últimos años de bachillerato y los primeros de universidad, un grupo de amigos, la primera novia y los distanciamientos o rompimientos con ellos. Entre los recuerdos del colegio tienen un papel importante los de los intercambios con su profesor de historia, un hombre sereno y canchero que con cierto cansancio y desapasionamiento consigue desafiarlos, de manera que cuando uno de ellos responde a su pregunta de “¿qué es la historia?” con el típico desplante adolescente de “son las mentiras de los vencedores”, les recuerda que también puede ser “los autoengaños de los derrotados”. Poco a poco comprendemos hasta qué punto esta también es para Tony una muy buena definición de autobiografía.

En cierto momento nos enteramos de que esas reminiscencias no son gratuitas. En un acto cuya motivación es intrigante, la madre de la novia con quien Webster rompió muchos años atrás le deja un legado hábilmente diseñado para obligarlo a mirar atrás; de repente él tiene que confrontar su pasado. Barnes configura un personaje que no es cínico, ni mucho menos idiota, sino una persona frágil que ha defendido instintivamente su debilidad emocional con olvidos, medias verdades y malas interpretaciones de su propio pasado. Tony reflexiona: “¿Cuántas veces contamos la historia de nuestras vidas? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino solo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero, sobre todo, a nosotros mismos”. La equívoca posición del protagonista con respecto a sus recuerdos plantea inquietudes sobre la certeza, la culpa, las responsabilidades y la caducidad de nuestras faltas, que le imprimen a este libro un carácter inquietante y melancólico.

Cuando Barnes recibió (después de tres nominaciones) el premio Man Booker por El sentido de un final, más de un periodista malicioso señaló que no se trataba de su mejor novela. Eso no es del todo justo. Es posible que El sentido de un final no sea el libro más innovador de Barnes, quien ha expandido el campo de la ficción con El loro de Flaubert y Una historia del mundo en diez capítulos y medio, pero seguramente será muy recordada. Es un libro breve pero profundo, que hace preguntas que merecen respuestas, por arduas que pudieran ser.