Afiche de la película Tres monos.

El silencio insoportable

Santiago Rohenes Ordóñez reseña la película Tres monos. Una coproducción turca, francesa e italiana).

2010/03/16

Por Santiago Rohenes Ordóñez

Tres monos (109 minutos, coproducción turca, francesa e italiana), la última película del director turco Nuri Bilge Ceylan, es profundamente deprimente. No es deprimente por baja calidad de su producción, ni por mal desempeño de sus actores, ni por oportunidades perdidas, ni falta de sutileza de su argumento, como es el caso de muchas producciones más comerciales; es deprimente por que así fue concebida, planeada, calculada y filmada. Es, en pocas palabras, un buen ejemplo de lo que el cine comercial ha venido olvidando: la comunicación de ideas por medio de imágenes en movimiento no requiere épicas de tres horas y presupuestos comparables con el producto interno bruto de un país mediano; requiere ingenio narrativo y habilidad técnica.

Haciendo un uso generoso de ambos, Tres monos, cuenta la historia de un conductor, Eyüp, que trabaja en Estambul para un político que lo convence de que vaya a la cárcel por un crimen que no cometió para evitar un escándalo. El engaño desencadena una serie de acontecimientos que eventualmente amenazan con destruir la familia del conductor. El título hace referencia a los tres monos sabios de la cultura china, que no oyen, no ven y no hablan el mal, y esta pasividad no solo es representada en la trama, donde la sabiduría de esta actitud se pone bastante en entredicho, sino que además se plasma en la forma de la película: silencios prolongados sobre unas tomas cerradísimas de rostros pensativos y consternados, carcomidos por conflictos internos que nunca se verbalizan –el diálogo es más bien escaso y el director deja que las imágenes conduzcan la narrativa– ilustran esta pasividad impotente. Los personajes se ven sumergidos en un estupor asfixiante y la cámara misma los encierra aún más, dándole a toda la película una sensación generalizada de claustrofobia.

Todos los elementos acentúan el turbio estado emocional de los personajes, que consiste, sin excepción, en una especie de ?desesperación sostenida, controlada e integrada ya al día a día de sus existencias. Cuando la cámara se aleja, aparece una Estambul gris o lluviosa pero en todo caso oscura, sin mucho encanto. Eyüp vive en un barrio pobre donde las salidas y la esperanza son escasas. La puesta en escena de la trama, que en sí es más bien escueta, es viceralmente efectiva. El espectador siente con los personajes y se disuelve en las particularidades más sutiles de su situación. Desafortunadamente ninguno de estos sentimientos es agradable.

Los personajes son personas falibles, con las que el espectador se puede identificar fácilmente y que al final actúan como seres humanos. Se ven como seres humanos. Discuten sobre cosas sobre las cuales discutirían los seres humanos. El héroe está conspicuamente ausente de Tres monos; ha sido reemplazado por gente común y corriente. A Ceylan obviamente le apasiona precisamente eso, la gente común y corriente, y la deconstruye quirúrgicamente y sin piedad. El problema es que el proceso de verlo no es nada placentero. Ver a estas personas caer en una espiral autodestructiva e inevitable es un ejercicio casi masoquista. Por más fácil que sea identificarse con los personajes, no es un espejo agradable y el reflejo resulta un poco espeluznante. Además, el carácter introvertido y silencioso de la película la hace pesada de ver. Esta no es una película para pasar el rato; el director exige atención del espectador.

Por otro lado, la película merece la atención que exige, y el que la preste se verá recompensado. Sí, es pesada y lenta, pero el cuidado que se les prestó a todos los elementos de la producción y la manera en que el director es capaz de consolidarlos todos en una narrativa intensamente personal que comunica perfectamente la intensidad emotiva de la trama finalmente justifica con creces la salida al cine. Esta película ganó en el 2008 la Palma de Oro en Cannes como mejor película extranjera, y la tenía bien merecida. Eso sí, ni mejoraría bastamente en IMAX ni se convertirá en la película más taquillera del año, pero es una buena historia bien contada. Buen cine.

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