El trópico encantado de Alejandro Obregón

John Better reseña "Obregón en Barranquilla" de Adlai Stevenson Samper.

2011/05/24

Por John Better

Alejandro Obregón dibujó su biografía a través de una serie de obras que recrean, en la intensidad del color y la complejidad de sus formas, un mundo donde el espíritu del artista fluyó con plena libertad: el Caribe colombiano. A casi 20 años de su muerte aparece en el escenario cultural un libro titulado Obregón en Barranquilla, escrito por el periodista Adlai Stevenson Samper, reconocido por sus rigurosas investigaciones acerca de los fenómenos culturales en la costa Atlántica. El texto sorprende por ser algo más que un recorrido fechado de la vida del pintor nacido en Barcelona, pero costeño hasta los tuétanos, como él mismo se preció de serlo en vida, al personificar sin temores la esencia del hombre caribeño, libre de prejuicios y tabúes. Escrito en breves capítulos, los lectores podrán descubrir un Obregón a contracorriente desde que era un niño fascinado con la exuberancia del trópico, internado en sus paisajes de la mano del padre, un prestigioso industrial que aspiraba a que su hijo fuera el sucesor en sus negocios textileros. Pero el futuro heredero prefería observar la fauna y la flora que se abría ante sus ojos en aquellas jornadas de cacería cuando veía cómo su padre mataba enormes caimanes y otras fieras que merodeaban el delta del Magdalena, episodios que influirían de manera definitiva en su estilo pictórico. En adelante, el libro nos lleva por situaciones inesperadas, como la decisión de Obregón de convertirse en camionero en plena zona del Catatumbo, una de las regiones colombianas que quedaría impresa en la mente del artista gracias a su vasta geografía y su colorida biodiversidad, o su viaje a la Boston School of Fine Arts, donde el joven va en busca de su identidad como artista y en la que es subvalorado inicialmente, para tiempo después ser aceptado bajo el apelativo de genio en progreso. Pero es en la mitad del texto donde la obra de Stevenson alcanza su cúspide, el momento en que aparece el Obregón más intenso de todos, el muralista, mujeriego, juerguista empedernido en bares como La Cueva o La Tiendecita. Allí el autor cuenta, como si conversara con el lector, aquellas fantásticas historias de Obregón llegando con un elefante a tumbar la puerta de La Cueva porque no querían abrirle, el Obregón que tiene romances con azafatas y modelos a las que luego inmortaliza en sus obras, el Obregón que corría desnudo con el Nene Cepeda por las calles de Barranquilla, el Obregón que al igual que sus bestias fantásticas arremetía contra la naturaleza.

 

Cabe mencionar el recorrido que hace el autor por el destino de muchas de las obras del pintor, principalmente sus portentosos murales que en más de una ocasión no tuvieron mayor suerte que la destrucción. Afortunadamente algunos murales han sido trasladados a espacios más adecuados para su preservación y otros son cuidados en el mismo lugar de su ejecución, como el famoso mural La mujer de mis sueños aún pueden verse en el bar La Cueva, donde el espíritu de Obregón sigue vivo. También hay que resaltar las bellas fotografías de algunos de sus cuadros más representativos como La violencia o Mural agrario y, no menos importantes, las notas de prensa de algunos importantes críticos de arte como Marta Traba o Álvaro Medina. Quizá uno que otro error de impresión o digitación resultarían puntos negros que no alcanzan a opacar este lienzo de palabras que resulta ser Obregón en Barranquilla.

Obregón en Barranquilla

Adlai Stevenson Samper

La Iguana Ciega, 2011

272 páginas

$37.000

 

 

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