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Electro-Cósmico-Místico

Juan Carlos Garay reseña el disco Mira la que viene de Rita y sus manos.

2010/03/15

Por Juan Carlos Garay

En primer lugar, no hay ninguna dama que lleve la voz cantante en la banda Rita y sus Manos. El nombre de Rita, con el que se bautizó un huracán que casi arrasa el Golfo de México el año pasado y otro (de apellido Hayworth) que sí arrasó con la inocencia de los cinéfilos en los años cuarenta, equivale en este caso a una de las runas de la adivinación vikinga. La runa Rita es la de los movimientos, tanto en términos físicos como de dirección de la vida. La música de esta banda resulta ser, en efecto, una danza de la vida.

Cuando Rita y sus Manos cantan de amor, no se refieren a las relaciones de pareja, sino a un amor cósmico que va dirigido hacia “la tierra y sus hermanitas las estrellas” e invita a “bailar hasta tocar el cielo”. Esa pequeña diferencia con el 99% de las canciones que circundan el aire hace que la experiencia de este disco sea refrescante y optimista. La danza de la vida tiene ritmo de cumbia y reggae, instrumentos como el sintetizador, la guitarra y el saxo, voces suaves, estribillos fáciles y algo de electrónica en todo el proceso, pero sin abusar del oído más acostumbrado a los sonidos orgánicos.

¿De dónde salieron estos benditos desconocidos? Se conocieron tomando clases de yoga. Descubrieron gustos musicales en común. Decidieron reunirse a ejercitar conjuntamente la energía. Hubo una primera aparición, con el nombre de Naten, en el compilado Colombeat de música electrónica colombiana de 2002. El proyecto fue producido por Aterciopelados para su sello Entrecasa. En ese entonces le cantaban himnos a los árboles, adelantando la que sería su búsqueda estética. Hoy enarbolan una visión casi panteísta donde la tierra es “la mama”, el viento es “un canto” y el amor es “la respuesta”.

Lo notable es que en medio de tanta naturaleza haya espacio para los sonidos computarizados. El cantante y saxofonista Tino Núñez explica que todo parte de “una reconciliación con la tierra pero también una aceptación de que somos máquina”. Y ante el peligro de que la máquina terminara haciendo de los cantos a la naturaleza una sonada ironía, aclara: “La máquina es sólo un instrumento más. Tira su beat pero no se come la música”.

Detrás de esa manera de crear está el entendimiento de que la música es un regalo de los dioses y debe interpretarse con devoción. Antes de cada concierto, Rita y sus Manos encienden una vela en señal de ofrenda y la dejan ahí alumbrando durante todo el toque. De paso evocan el espíritu de una cumbia, una de nuestras más populares y queridas danzas de la vida: “Prende la vela”.

El cantante y percusionista Alejandro Méndez dice: “La música viene del cielo, es sagrada y tiene que seguir siéndolo, así pase por el filtro humano”. La runa Rita habla también de la evolución, que es el viaje del espíritu. La grabación, con sus escasos treita minutos, deja en el oyente un eco de alegría serena como la que ronda después de aquellos viajes. Nos queda, sí, el deseo de escuchar futuros ejercicios menos breves, más desarrollados, pero también la satisfacción de haber oído un disco impactante por diáfano, grande por modesto.

Por cierto, el disco se llama Mira la que viene. Cuando uno les pregunta a qué se refiere ese “la” tan femenino, responden sin dudar: “Es la buena onda”. Y acaba uno de entender la sinceridad de ese sonido electro-cósmico-místico, esa visión de un universo en el cual “la luna canta, el cielo canta, el fuego y el agua cantan también”.

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