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Electrónica para las masas

2010/06/29

Por José Alejandro Cepeda

En 1988, cuatro muchachos con sintetizadores y voces convocaron más de 70.000 personas en el Rose Bowl, de Pasadena, celebrando una carrera iniciada en Basildon, Inglaterra, en 1980, cuando aparentaban ser los niños inocentes del movimiento New Romantic. La velada resumía un verano perfecto y la gira de Music for the Masses (1987), demostrando que Dave Gahan, Martin Gore, Andrew Fletcher y Alan Wilder —influenciados por figuras como David Bowie pero marcados por el pilar alemán techno Kraftwerk—, harían historia: habían logrado llevar la música electrónica (acusada aún hoy de artificial, fría y pregrabada) a los espectáculos de estadio que solo parecían destinados a rockeros de guitarras, bajo y batería (luego descubrimos que los tenores, como los papas, también estaban a la medida).

Los Ángeles, ciudad que lo ha visto todo, se enteraba de que el concierto sería disco doble y documental gracias a D.A. Pennebaker, cineasta de los mejores años de Dylan hacia 1965 (Don´t Look Back), el Festival de Monterrey (1967) o el caótico retorno de John Lennon en Toronto (1969). Es decir: Depeche Mode, como sugieren esas palabras francesas, se había metido en la leyenda del pop rápido y por su cuenta. ¿A qué se debía su éxito en los años emergentes de Prince, U2 o Metallica? Tres respuestas: primero, los sintetizadores habían dejado de ser acompañamiento de bandas progresivas para ser protagonistas con consecuencias tanto artísticas (New Order) como comerciales (Pet Shop Boys); segundo, aunque sufriendo la partida de Vince Clarke (Erasure), contaba con uno de los mejores compositores de su generación: Gore (“People are People”, “Strangelove”, “Personal Jesús”, “Condemnation”); tercero, apostaban por la evolución, buena señal artística —de la candidez a la actitud industrial cercana a Art of Noise o Einstürzende Neubauten— con productores como Flood. Y algo definitivo: las imágenes del holandés Anton Corbijn, con secuencias que Breton hubiera envidiado como aquella del rey solitario que busca dónde posar su silla —“Enjoy the silence”— para su cumbre, Violator de 1990.

El álbum doce de Depeche Mode se llama Sounds of the Universe y sería un pleonasmo decir que es producto de madurez. Aclarando, sí, que es una muestra más de libertad en un grupo que a pesar de casi desvanecerse en los noventa —los excesos de Gahan, la partida de Wilder— sigue haciendo música no complaciente, tanto electrónica como orgánica e incluso rockera. Que si desea abrir con sonidos reminiscentes a 2001: Odisea del espacio está bien. Que si Gore vive en California, Gahan en Nueva York y Fletcher en Inglaterra ese es el mundo. Y si un Dave solista amenaza desde Playing the Angel (2005) con componer, todo es posible. El resultado, un Depeche Mode al 70% con canciones tan buenas como “Fragile Tension” o “Jezebel” en voz de Martin, y otras en que parece pensaban más en la edición especial y el dvd de turno.

¿Por qué nos gustan los sonidos de las máquinas? Quizá porque convivimos con ellas como nunca. Por eso en 2008, con cerca de 75 millones de álbumes vendidos, no sorprende que anunciaran desde el Olympiastadion de Berlín un Tour of the Universe, una gira intercontinental para estadios. Es cierto que después de tanto tiempo y con fanáticos tan respetables como los colombianos respetables, ya era hora de que separaran una fecha en octubre para Bogotá. Y así, después de todo nos enteramos que Colombia, con tres décadas de retraso, hace parte del universo. Al menos del de Depeche Mode.

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