El retorno de Reginald Perrin David Nobbs Impedimenta $77.700 368 páginas

Elogio de lo imperfecto

Federico Torres. Reseña 'El regreso de Reginald Perrin'

2014/07/23

Por Federico Torres

Desde el momento de su fundación en 2007, la editorial Impedimenta ofrece al lector en español un filón de la literatura británica desconocido por otros proyectos editoriales. Esto es una muestra del vigor y la amplitud del caudal de la literatura de dicha geografía, pues podría parecer que en español contamos con una oferta nutrida y diversa que abarca desde los clásicos (Defoe, Dickens, Austen, Hardy, etcétera, muy bien traducidos por Abada); pasando por la literatura de “fantasía” (incluyendo en dicha categoría autores con propuestas y alcances tan diferentes como Tolkien, Lewis o Rowling); junto con la literatura urbana contemporánea (de la mano de Anagrama, quienes cuentan con un sinnúmero de autores que va más allá de Kurieshi o McEwan); y una gran estela de escritores dispersos por diversas editoriales, fruto de la labor propagandística de Borges y su lucha en contra de la literatura francesa. Gracias a él, nuestras lecturas cuentan con una gran dosis de misterio y aventura, en ediciones recientes y bien cuidadas de autores ya olvidados en sus países de origen como Chesterton, Kipling, Collins, Beerbohm, Machen, etc.

La propuesta de Impedimenta incluye autores poco conocidos fuera de las fronteras de sus propios países, no necesariamente marginales, y que muchas veces merecerían haber sido traducidos hace varias décadas. Un ejemplo es el clásico La hija de Robert Poste, publicado en 1933, protagonizado por la divertida Flora Poste, en el que la autora arremete a punta de carcajadas contra los autores clásicos ingleses del siglo xix. En el caso de El regreso de Reginald Perrin, la apuesta es otra obra de humor inglés, ya no rural, sino suburbano. Su autor, David Nobbs, escribió para la televisión inglesa, y su saga sobre Reginal Perrin se convirtió en una serie exitosa en el Reino Unido al final de la década de los setenta.

La obra literaria es, para decirlo sin rodeos, imperfecta. Su personaje principal, Reginald Perrin, es un triste oficinista de Postres Lucisol, quien decide no abandonar su vida, sino retomarla con las mismas rutinas y carencias pero usando una máscara. Luego de simular su desaparición y muerte, se inmiscuye en todas las esferas de su antigua vida vistiendo un disfraz con el que no engaña a nadie más que a sí mismo. Tras renunciar a esta farsa, asume de nuevo su verdadero rostro, y cae en una desgracia laboral de la que logra salir al convertir una idea ingenua en un negocio próspero.

Tres son los elementos desaprovechados en el libro: el humor, usado para realizar comentarios de tipo sociológico bastante superficiales y que cansa por sus repeticiones;  el drama, encarnado en un personaje al que le es imposible cambiar, tema que no es desarrollado a la altura de semejante preocupación literaria, y que podría haberse convertido, sin salirnos del ámbito de la literatura inglesa, en una nueva respuesta a El retrato de Dorian Gray, tal como lo representó en su día El hipócrita feliz, de Max Beerbohm. Y el tercero y último: el absurdo. Reginald decide, tras meses sin encontrar trabajo, abrir un local en su barrio a las afueras de Londres, donde venderá basura a precios exorbitantes. Él éxito de dicha empresa representa un nuevo fracaso para el escritor, ya que no resiste explicar la razones, bastante simplonas, por las que los clientes se entusiasman con semejante proyecto, despreciando la oportunidad de crear una gran escena inexplicable donde reinara el absurdo y el delirio.

La lectura de una obra que está lejos de ser una obra maestra, como el Regreso de Reginald Perrin, dentro de nuestro contexto cultural lleno de obras impecables, canónicas, inalcanzables, despojadas del sustrato que les permitió crecer se justifica: de vez en cuando es bueno acercarse a un libro al que se le notan las grietas. Estos textos invitan a ser diseccionados, a sopesar sus errores y sus aciertos, a comparar y a experimentar. Personajes como García Márquez o Benjamin estuvieron de acuerdo en que, tanto para la creación como para la crítica, la cercanía con lo imperfecto era fructífera y necesaria.

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