Valeriano Lanchas disfrazado de Falstaff. Cortesía Teatro Mayor.

¿Más de lo mismo?

Al final parece ser que la trayectoria artística de un figurón como Valeriano Lanchas no es suficiente para las directivas del Teatro Colón, escribe Emilio Sanmiguel en su columna más reciente.

2017/10/20

Por Emilio Sanmiguel

Efectivamente sí: más de lo mismo. No se trata de ensañarse, esgrimir falsos chauvinismos o cosa por el estilo. Pero es que las entidades que detentan el poder musical en Colombia parecen empeñarse en servir en bandeja de plata temas para esta columna.

Manuel José Álvarez, director del Teatro Colón –el teatro de los 150.000 millones de pesos– presumo que de buena fe y seguramente con el ánimo de convertirse en una versión local de Antonio Ghiringhelli, el intendente de la Scala de Milán en tiempos de la Callas o de Rolf Liebermann, que en los años setenta lideró el renacimiento de la Ópera de París, resolvió celebrar los 125 años de la inauguración con una programación de casi 70 eventos (algo exageradilla la fiesta), cuyo evento central fue un concierto de la Sinfónica Nacional, el pasado 12 de octubre, con la soprano coreana Sumi Jo y, en condición de “invitado especial”, el bajo barítono Valeriano Lanchas.

Valeriano, nadie lo pone en duda, es el primer cantante lírico de este país. Ha forjado su carrera con un tesón y una determinación tan grandes que llegó a donde ninguno de sus colegas nacionales había llegado: a la Metropolitan de Nueva York. Debo decir que me merece todo el respeto –hace décadas le censuré algunas divosidades de juventud–, lo admiro no porque haya debutado en la Metropolitan sino porque es, de todos los cantantes colombianos, el que llegó más lejos. No de la mano del Basilio de El barbero de Sevilla, sino de Schubert cuando hizo, extraordinariamente bien, El viaje de invierno, un ciclo de lieder, una de las cumbres de la historia de la música, cuya interpretación está reservada para cantantes que pueden hacer de su voz un instrumento para comunicar emociones más allá de lo puramente vocal. Rossini dará la popularidad, pero Schubert otorga el respeto.

Por eso resultó tan irritante la manera de concebir el evento al tratarlo como un cantante de segunda. No voy a negar que Sumi Jo es una de las buenas sopranos de coloratura del mundo. Pero si hemos de ser serios, una cosa va de la brillantez estratosférica de una coloratura, o como se dice en el argot, de una lirico d’agilità, a lo exactamente opuesto de lo que sugería la campaña de publicidad del concierto: “Cantando las arias más memorables del repertorio de María Callas”, porque si Sumi Jo es una de las muchas lirico d’agilità que cantan en este mundo, Callas era una sfogato, la única que vio el siglo XX.

Pero bueno, así son las cosas. A Valeriano por lo menos lo invitaron. Peor la pasan otros que, como le ocurría a la Callas con Ghiringhelli, aparentemente no son del agrado de Álvarez, como es el caso de Ana Consuelo Gómez, quien no logró que este le diera una segunda fecha para la presentación de su ballet sobre Carmina Burana. Dado el esfuerzo, el trabajo y la inversión que implica la producción de un ballet, es obvio que con una presentación, máxime si no se cuenta con la poderosa maquinaria publicitaria con que cuenta el Colón para la promoción de sus espectáculos, una iniciativa de esta índole parece predestinada al fracaso financiero, lo que sí pudo hacer con las presentaciones para colegios de Kinini, la niña mariposa, de los días subsiguientes a la Carmina Burana.

Al final parece ser que la trayectoria artística de un figurón como Valeriano Lanchas, o haberle dedicado por completo la vida al ballet clásico y a la danza, como Ana Consuelo, no es suficiente.

Sin embargo, puedo estar cometiendo una injusticia al esperar que se comporte como Liebermann o Ghiringhelli, quienes cargaban sobre sus espaldas una trayectorias que llevaron sus teatros a la cumbre, lo cual no se compadece con La mujer del domingo y El regreso del tigre, los antecedentes del director del Colón.

Claro, podría asesorarse.

*La versión impresa de este artículo tenía un error en el nombre de La Scala de Milán, que no era error del columnista. Nos disculpamos con él y con los lectores. 

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