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¿Qué pasó con la sede de la Orquesta Filarmónica de Bogotá?

Emilio Sanmiguel analiza la controversia que rodea el proyecto.

2016/11/22

Por Emilio Sanmiguel

Hamburgo está que arde, porque el 4 de noviembre se abrió la Elbphiharmonie, Filarmónica del Elba, el nuevo auditorio para la orquesta de la ciudad de Herzog y de Meuron, los mismos del Nido del Pájaro de Pekín. El motivo son los sobrecostos: originalmente se habían previsto 72 millones de euros, pero el asunto se elevó a 799; el edificio contiene hotel, apartamentos de lujo, plazas, bares, restaurantes y el auditorio, que se inaugurará este 11 de enero.

En Londres se polemiza sobre dotar la ciudad con un nuevo auditorio, aunque ya tiene, entre otros, el Royal Albert Hall, Barbican y el conjunto South Bank, con el Purcell Room, Queen Elisabeth Hall y Royal Festival Hall; enumerar los teatros sería prácticamente imposible.

París, muy bien equipada de teatros, no tenía un auditorio a la altura de su prestigio y lo subsanó a principios de 2015 con la Philharmonie, de Jean Nouvel para 2.400 espectadores que ya es centro de peregrinación del turismo.

La lista incluye la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Calatrava y Candela en Valencia, el Auditorio Nacional de Madrid, el Nacional de Pekín, los de Dubái, Oslo, Copenhague y un etcétera interminable, todos con el común denominador del rigor profesional.

Aquí, al ladito, el Teresa Carreño ha jugado un papel más que anecdótico en el desarrollo cultural de Venezuela, cuya fortaleza musical ha logrado sobrevivir airosa a los avatares de la política.

En Colombia el panorama es menos halagador. Salvo la sala de conciertos de la Luis Ángel Arango, de Esguerra Saénz y Samper, paradigmática para la música de cámara, y el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, de Eugenia de Cardozo, que es un recinto universitario, los auditorios y teatros fallan, por un lado u otro: los escenarios no solventan las exigencias de las puestas en escena, carecen de facilidades (servicios sanitarios suficientes, parqueaderos, cafeterías) y ni hablar de salas de ensayo, camerinos adecuados, etc.

En Bogotá, la Orquesta Filarmónica está próxima a celebrar el medio siglo de creación; más que una orquesta es un sistema de agrupaciones a la altura de las necesidades de 8 millones de habitantes, pero, ¡no tiene una sede ni la ha tenido jamás! Por décadas ha utilizado el León de Greiff, que no siempre está disponible.

Para subsanar tamaño despropósito, la administración anterior, sí, la de Gustavo Petro, resolvió darle solución al problema. Luego de un arduo proceso de gestión se logró la adjudicación del lote vecino al coliseo El Campín –cultura y deporte hacen bonita pareja–, se encargó el diseño al Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional, con un equipo de profesionales, entre ellos el arquitecto Manuel Villa y la asesoría teatral y acústica de Arup Acoustics, que emprendieron esa faena con un rigor y una seriedad sin precedentes en el país… pero, el tiempo no dio para arrancar el proceso de planos definitivos y comenzar la obra.

Hoy la administración del alcalde Peñalosa parece ignorar ese trabajo (satanizar todo lo que venga de Petro tiene buena sintonía) y a la fecha ni siquiera se han tomado el trabajo de llamar a los autores del proyecto para conocerlo. Aparentemente alegan toda suerte de argumentos que, francamente, se caen de su peso y, de paso, le hacen un flaco favor a la ciudad.

Porque, repito, el proyecto, o anteproyecto, se realizó con un rigor sin antecedentes en el país.

¿Celos, malditos celos?

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