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El vals se jubiló…

Emilio Sanmiguel cuenta la historia del género musical.

2016/10/26

Por Emilio Sanmiguel

Llama un oyente a una de nuestras emisoras y manifiesta su honda preocupación por el futuro de la salsa, que según los expertos, que los hay, fusiona —para usar un término muy en boga— el son cubano con otros ritmos caribeños y hasta algo de jazz. Desde luego, hay consternación en la mesa de trabajo.

Presumo que la Unesco, que declara patrimonio material o inmaterial, no importa, cuanto se atraviesa por los escritorios de sus oficinas de París, habrá hecho lo propio, como hizo con el vallenato, otro motivo de preocupación para sus seguidores, que no cesan de advertir que el de hoy no es el mismo de antes, que el advenimiento de instrumentos nuevos lo están acabando, etcétera.

La lista podría hacerse interminable: el bambuco, el pasillo, el torbellino, hasta la cumbia, el pasodoble y el bolero viven procesos similares.

Porque la música es un ser vivo sometido a un proceso vital inexorable.

Es probable que no haya existido un género más vigoroso que el minueto, una danza francesa originaria del Poitou, de tiempo ternario y carácter noble y gracioso. Su popularidad hizo que los compositores de la corte de Luis XIV la introdujeran en la suite luego de estilizarla. El minueto estuvo presente en buena parte de las suites de los compositores franceses, italianos y alemanes del barroco, y se volvió indispensable como una de las partes inamovibles de la sinfonía clásica. Beethoven lo hirió de muerte, pues para estar a tono con los ideales burgueses de principios del siglo XIX, lo reemplazó por el scherzo, más despreocupado y menos cortesano: nadie se rasgó las vestiduras y faltaba mucho para la creación de la Unesco.

Si el minueto fue la “reina de las danzas” del siglo XVIII, el vals fue el soberano del XIX. Sus orígenes se remontan al siglo XVIII y no se llamaba así, sino ländler, aunque esa paternidad se discute. Como el minueto, también su ritmo es ternario, pero con acentos y velocidad diferentes. El ländler se bailaba en las vinerías de las afueras de Viena y permitía un inusual contacto entre las parejas, lo que desde luego lo ponía en tela de juicio por vulgar.

Franz Schubert fue uno de los primeros compositores importantes que escribió valses, porque era un músico independiente del ambiente cortesano patrocinador de las artes, y escribía valses para fiestas que se llamaban schubertiadas, vigiladas atentamente por la represiva policía vienesa de la época. El vals empezó a ser, primero, tolerado y luego, aceptado, cuando Carl Maria von Weber escribió Invitación a la danza, ojo, a la danza, no al vals como suelen erróneamente traducirlo, que fue el primer vals de concierto para piano de la historia. El vals tomó dos rumbos: unos compositores, siguiendo a Schubert y von Weber, cultivaron el vals de concierto, como Chopin y Brahms, y la ópera francesa instituyó las Arias con el pegajoso ritmo. Otros, en Viena, proveían de valses a los salones de Viena, las discotecas de la época, donde se bailaba desde la caída de la tarde hasta la madrugada. Joseph Lanner y Johann Strauss padre eran los más populares hasta que fueron desbancados por Johann, el hijo de Strauss, el Rey del Vals, el que logró lo que a fines del siglo XVIII parecía imposible: que lo bailara el mismísimo emperador Francisco José.

Pero ni el vals se salvó de esa cruda realidad, pues con la Primera Guerra Mundial salió del menú. Los géneros musicales tienen, como seres vivos que son, vida pasión y muerte… así los canonicen en la Unesco.

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