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Una confesión

Emilio Sanmiguel reseña 'El amor de lejos', ópera de Kaija Saariaho que produjo el Metropolitan Opera de Nueva York. Se transmitió en salas de Cine Colombia el 10 de diciembre del año pasado.

2017/01/24

Por Emilio Sanmiguel

Tema no es que falte. La sola tentación de referirme al inicio del año musical es suficientemente atractiva con el glamuroso XI Festival de Música de Cartagena del pasado mes de enero, pero no estuve. O la X Serie Internacional de Grandes Pianistas del Teatro de Colsubsidio en Bogotá, que es el más importante evento pianístico del país.

También la programación del Teatro Mayor, que nos depara el regreso de Gustavo Dudamel con la Orquesta Simón Bolívar, tras su consagración absoluta en el Concierto de año nuevo con la Filarmónica de Viena, que hará en Bogotá las 6 Sinfonías de Tchaikovski.

Pero he resuelto vencer el miedo de confesar lo que pienso.

Me voy a regresar en el tiempo, 10 de diciembre, a una de las salas donde transmiten en directo las óperas de la Metropolitan Opera de Nueva York, a presenciar L’amour de loin (El amor de lejos) de la finlandesa Kaija Saariaho (Helsinki, 1952), que llegaba con el antecedente del estreno mundial en el Festival de Salzburgo 2002, pues el público, presumiblemente el más selecto y sofisticado del planeta, le dio ovación de 15 minutos. Algo histórico.

En este oficio hay quienes presumen que uno conoce más de lo que en realidad sabe, y también quienes tienen la certeza de que es un perfecto analfabeto, que ni sabe en cuál línea del pentagrama se cuelga la clave de sol. Ni lo uno ni lo otro, sí la conciencia de que el tema es vasto y no alcanza una vida para medio abarcarlo. De manera que de pronto, por ser sincero cometo sacrilegio.

En los días, posteriores a la transmisión llegaron varios mensajes. En algunos no se ahorraron adjetivos para testimoniar la emoción casi metafísica, que produjo la obra, inspirada en una leyenda de Jaufré Rudel, un trovador del siglo xii del sur de Francia. Al final, claro, el infaltable:

—¿Cómo le pareció?

Entonces me armé de valor y confesé:

—Me salí al principio de la segunda parte

Y me quité un peso de encima. No sé si la producción que vieron los salzburgueses fuera más entretenida que la de la Metropolitan, de Robert Lepage, y desconozco si el barítono de Salzburgo lo hizo mejor que Eric Owens en la Met.

Corro el peligro de ser tildado de retardatario y de no ir al día con lo que ordena la modernidad. O, peor aún, que no acepto la aparente muerte de la melodía como uno de los valores sagrados que hicieron de la ópera lo que es. La verdad es que los 18 escalones y las 25.000 luminarias leds de la escenografía, a los diez minutos de la primera parte, resultaron francamente aburridores en medio del inmenso escenario neoyorquino, pues tres personajes para acaparar la atención a lo largo de dos horas y media de espectáculo… no fueron suficiente.

Es que la Met, un teatro muy tradicionalista, no tiene suerte con esos estrenos. Antonio y Cleopatra de Samuel Barber, que inauguró la sede de Lincoln Center, en 1966, no se salvó ni con la presencia de Leontyne Price. En 1991 se hizo lo habido y por haber para convertir Los Fantasmas de Versalles de John Corigliano en un suceso que tampoco ocurrió. Lo cierto es que el teatro no les apuesta mucho a esos retos: “Tenemos que levantar el telón con las 3.800 localidades vendidas”, dijo uno de sus directivos hace unos años; y… la sala en Bogotá estaba casi vacía.

Con L’amour de loin dejó, además, mal sabor la falta de convicción de los protagonistas durante las entrevistas del intermedio. Esa fue mi reflexión cuando arrancó la segunda parte, en medio del tedio:

—Si a estos, que les están pagando, no los emociona, ¿por qué a mí sí?

Pero, claro. A lo mejor me equivoco.

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