RevistaArcadia.com

Un festival de carácter social

Emilio Sanmiguel sobre la triste realidad del 'Cartagena Festival Internacional de Música'.

2017/12/12

Por Emilio Sanmiguel

Este 2018, que apenas empieza, necesariamente despierta expectativas, a pesar de que inicia con pie izquierdo con el nombre del gran espectáculo musical de los últimos años (que va del 5 al 13 de enero), el Cartagena Festival Internacional de Música: no entiendo por qué no le ordenan el nombre a Festival Internacional de Música de Cartagena.

Pero no nos llamemos a engaños. No es de música. Es, a lo sumo, uno de los grandes eventos sociales de la temporada; en realidad, el más importante. Tampoco merece ser catalogado como internacional, así vengan muchos artistas, casi todos, de afuera.

En Cartagena los conciertos –así este año haya invitados de la talla de los pianistas Rudolf Buchbinder y Nelson Freire– son lo menos importante, pues se organizan de tal manera que no vayan a interferir con la agitada agenda social del Jet-Set criollo que se desplaza en bloque a Cartagena para las fiestas de fin de año. Hace un par de años, uno de los conciertos duró apenas 32 minutos y a nadie pareció importarle.

Ahora, por supuesto que el público asiste encantado. A la entrada de los eventos del Teatro Heredia-Adolfo Mejía se oye hablar de lo agradable que estuvo el almuerzo y de las expectativas que despierta la fiesta de la noche: nadie habla del programa porque es lo menos importante. Más aún, hay quienes se toman esa semana como una incomparable rueda de negocios: hace unos años, a la hora del intermedio, un personaje bajaba velozmente por las escaleras del teatro para llegar al primer piso: “No sabía que eras melómano”, le dijo otro. “No. No soy. No conseguí buenas localidades, estoy en el tercero, vengo por relaciones públicas. Aquí están todos los que mandan la parada, encontrarlos juntos en Bogotá sería imposible. Vengo por negocios”.

Esa es la triste realidad. Aunque también debo reconocer que la señora Torres-Salvi consigue que muchos de los asistentes queden encantados con todo lo que programa, así sea ese grupo de húngaros que presentó una vez en el Castillo de San Felipe, que no daban ni para animar un casino en Budapest. No voy a negar que ha habido milagros; pocos, pero los ha habido, como el final del Stabat mater de Antonio Vivaldi en el Monasterio de la Popa, un flautista mejicano tocando barrocos, una Sinfonía de Mendelssohn con una orquesta británica y no mucho más. Flojito balance para doce ediciones.

Porque no es un festival en el sentido serio de la palabra. Es un evento de entretenimiento para la clase dirigente de este país. Claro que se programan conciertos populares, cómo no. Pero no son de la misma categoría de los que se realizan en el Adolfo Mejía o en los salones de los monasterios convertidos en hoteles, así la magia de la fachada de San Pedro Claver y la brisa de enero le haga creer al público que está oyendo algo realmente maravilloso. Hacer talleres y eventos en los barrios populares de Cartagena es la cara demagógica del asunto. Ya se sabe, por épocas los pobres se ponen de moda y resultan muy útiles para ponerles una nota de altruismo a las cosas. A María Antonieta le gustaban tanto que hasta se vestía de campesina en su Alquería de Versalles.

Por supuesto que la maquinaria funciona muy bien y con una eficiencia asombrosa. La organización del evento llega de Bogotá y se instala en un claustro del centro histórico en cosa de horas; la oficina de prensa, atiborrada de periodistas, no para de trabajar. La señora Torres-Salvi me aseguró un año: “Tengo a 60 periodistas internacionales”, y yo pensé: “Más que en el de Salzburgo, qué bueno”. Luego no encontré ninguna crónica en los grandes medios internacionales, pero sí reseñas en absolutamente toda la prensa del corazón, que permite seguir la programación completa: concierto de la mañana, del almuerzo, concierto de la noche (generalmente cortico) y fiesta para cerrar la jornada.

Ahora: que el festival esté fundamentalmente dirigido a las élites, no lo censuro. De ninguna manera. Más aún, lo encuentro necesario. Porque, salvo poquísimas excepciones, nuestra clase dirigente es de hecho alérgica a la cultura, a veces hasta muy grosera, y no es mala idea educar a los de arriba, que son pocos y lo necesitan.

Pero el Cartagena Festival Internacional de Música no hace bien la tarea. Ah, olvidé decir que es como las Piedras de Tunja que quedan en Faca: ¡queda en Bogotá!

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