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En un bosque de la China

Daniel Páez reseña el último libro del escritor colombiano Santiago Gamboa, Hotel Pekín

2010/03/15

Por Daniel Páez

Francisco Munévar se cambió el nombre por Frank Michalski en Estados Unidos para dejar atrás sus vergonzosas raíces colombianas. Luego siguió el american psycho dream: un apartamento tipo loft en Nueva York, muchas corbatas, divorcios y ese estilo de vida vacío, en el que solo importa tener y no ser, como dirían los manuales de Amway.

A propósito de Amway, Munévar-Michalski se gana la vida dictando un curso de adoctrinamiento para empresarios multimillonarios de países en vías de desarrollo, llamado Enhancing the future. En su clase, enseña la importancia de tener cuarenta pares de zapatos, distintos relojes que hagan juego con los cinturones y una gran cava de vinos.

Pero en su primera visita a China para enseñar cómo Mejorar el futuro, su arrogancia consumista encuentra un “agente reticente”: el señor Li Qiang, un paradójico empresario que nada en billetes y maneja la empresa de telecomunicaciones más importante del sur de Asia, pero que prefiere tener dos pares de zapatos, un solo Rolex y ninguna cava de vinos, porque en las profundas tradiciones chinas no importa cuánto tengas.

Como si el choque cultural fuera poco, Michalski conoce en el avión a Bordewich, un periodista del Reader’s Digest que viaja a China frecuentemente en busca de una “historia ejemplar” y que, por doble casualidad, se hospedará en el mismo lugar que él: el legendario Hotel Pekín (no sabemos por qué es tan legendario, pero si todos dicen que lo es, debe serlo). Además, la acompañante de Michalski durante su estadía en China será la sensual Ming Cheng, una alta ejecutiva que se debate entre el arribismo globalizante y el orgullo de ser china. Con cada uno de ellos, el protagonista tendrá conversaciones filosóficas sobre la futilidad del dinero, el promisorio futuro económico chino y, de nuevo, sus profundas tradiciones (no mencionan que todavía es gobernada por un régimen autoritario y solo hasta la página 186 cuestionan la caricatura occidental en la que se está convirtiendo Oriente).

Antes de la mitad, uno ya puede inferir el final: el pedante occidental descubrirá que el mundo no es como se lo pinta el manual docente de su cursillo; en cambio, lamentará haber abandonado su identidad colombiana y admirará al señor Li Qiang por conservar intactas sus profundas tradiciones (y dale), tanto que él mismo empezará a tomar té verde al desayuno. Junto a Michalski, todos aprenderán una lección sobre la falacia de la globalización: no se trata de tener un iPod, sino de conocernos y respetar nuestras diferencias en un planeta unido por las telecomunicaciones.

Santiago Gamboa es, quizá, el responsable del surgimiento de una literatura colombiana ajena al realismo mágico. Pero también es un escritor desgastado por su fama, que parece que escribiera porque su crédito en las entrevistas es “escritor”. En Hotel Pekín demuestra un preocupante aburrimiento con clichés como “Frank se apretó la barbilla” o el símil “cual trucha que remonta el río”. Maneja un narrador omnisciente que no es tan omnisciente (“Esta vez la música de fondo parecía ser italiana. Tal vez una balada napolitana”) y diálogos extensos, redundantes, pretenciosos y más vacíos que Amway.

Al final, su personaje periodista (que nos entrega en la novela un par de pésimas crónicas) dice algo revelador: “Si debo ser muy sincero, el público lector me importa un bledo”. Tal vez eso es lo que le sucede a Gamboa y, por eso, su novela parece una película para televidentes de Hallmark Channel.

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