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En busca de lo invisible

Catalina Holguín Jaramillo reseña la última novela de Mario Mendoza, Los hombre invisibles

2010/03/15

Por Catalina Holguín Jaramillo

En la última novela de Mario Mendoza, uno de los libros más vendidos de la Feria, Gerardo Montenegro, protagonista y narrador, escapa de la sociedad para ir en busca de una enigmática tribu de indígenas. Después de perder a sus padres, de pillar a su esposa en la cama con otro y de verse desbancado en una obra de Shakespeare por un actor de televisión, Gerardo se entrega a un destino que lo lleva desde una manifestación de profesores de izquierda en Buenaventura hasta un leprocomio enterrado en medio de la selva.

El primer párrafo anticipa las preocupaciones metafísicas del narrador. La novela, definitivamente, cumple lo que promete. El tono de Gerardo es introspectivo. Con bastante frecuencia este reflexiona sobre la identidad, la religión, el amor, la paternidad y la civilización, ya refiriéndose a lo expresamente particular, ya sentenciando con gran propiedad sobre lo inmensamente universal. Al tiempo que nos instruye con sus impresiones sobre la condición humana, Gerardo relata una agitada travesía en la que su vida peligra más de una vez. No obstante, la infinita capacidad de Gerardo para concluir lo mismo sobre episodios diferentes hace que uno pronto pierda interés por su destino. Gerardo no es alguien a quien yo quisiera ver a salvo.

En las descripciones de los indígenas resuena el estereotipo del buen salvaje que alimentó los diarios de los exploradores que acabaron con las civilizaciones indígenas del continente americano. Gerardo confirma este cliché cuando los describe como gente libre de la corrupción causada por la propiedad privada, el deseo y el lenguaje. Son estos indígenas quienes salvan a Gerardo de la muerte y sellan simbólicamente su anhelada redención. El exotismo también juega un papel crucial en la salvación de Gerardo pues solo en presencia de lo exótico, el umbral entre lo salvaje y lo civilizado, él parece encontrar la posibilidad de escape. Su relación con Rocío, una leprosa que conoce en medio de la jungla mientras está secuestrado, al igual que su encuentro con los hombres invisibles, son eventos que precipitan la transformación espiritual de un hombre que constantemente se acusa de ser un habitante de “las zonas más lóbregas de mis propios instintos”. Seguro de su transformación en un ser humano digno, Gerardo afirma triunfalmente al final de la novela: “Los otros, lo importante son los otros. Nunca más caeré en la trampa del ‘yo’, del ‘mí mismo’”. Curiosamente, esta transformación depende exclusivamente del proceso mediante el cual Gerardo convierte al otro –la mujer exótica, el indígena noble– en un objeto, en un medio para obtener un fin estrictamente personal.

Desafortunadamente, la trama carece de verosimilitud gracias a la falta de agudeza en las elaboraciones psicológicas del narrador. Los vaivenes de Gerardo parecen un simple listado de acciones que no conducen a nada: de actor de teatro a simpatizante de la izquierda, a cautivo de fuerzas secretas del estado, a secuestrado de la guerrilla, a amante de una leprosa hermosa con quien termina viviendo feliz por siempre jamás. Esa falta de sutileza en el argumento y en la elaboración de los personajes se replica en el rígido sistema de clasificación que Gerardo usa para describir a las mujeres (quienes pertenecen al bando de las “mujerzuelas astutas” o al de los “ángeles amorosos”); a la ciudad y la selva; a los indígenas y el resto de la civilización. Leyendo a Mendoza recuerdo las frases del personaje de After Dark, la última novela de Haruki Murakami: “Nuestras vidas no están simplemente divididas entre la luz y la oscuridad. Hay un espacio gris en el medio. Reconocer y entender esas sombras es lo que hace una inteligencia saludable. Y para adquirir una inteligencia saludable se necesita cierta cantidad de tiempo y de esfuerzo”.

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