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En la ciudad de la furia

Juan Carlos González reseña Tropa de Elite del director brasilero José Padilha

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Es comprensible el revuelo que ha causado Tropa de elite, considerada por algunos críticos como una película reaccionaria y hasta fascista. La película carece de términos medios en su contradictorio y hasta confuso mensaje: es una denuncia sobre la corrupción policial en Río de Janeiro y a la vez es una apología a los medios violentos que un comando policial de elite –BOPE– utiliza para mantener a raya a las redes de narcotraficantes que controlan las favelas de esa ciudad, estrategias que prácticamente los hermana –en ferocidad– con las prácticas de los propios criminales.

Relatada en primera persona por uno de los oficiales del BOPE, el capitán Alberto Nascimento, la historia se sitúa en 1997 en los días previos a la visita del papa Juan Pablo II a Brasil. Las favelas hierven en letal mezcla de pobreza, drogas y armas, lo que las convierte en un campo de batalla inexpugnable y muy riesgoso, extramuros periféricos de una ciudad llena de furia. La Policía llega hasta allá, pero para hacer negocios con las bandas que controlan el negocio, manteniendo un equilibrio frágil donde la desconfianza mutua es la regla. El capitán Nascimento –privilegiado testigo omnisciente, gracias a una licencia narrativa– nos cuenta todo esto. Su mujer está a punto de tener un hijo y él tiene que pensar en el bienestar de los tres. Además está cansado, hastiado y decepcionado de tanto absurdo, de tanta corrupción. A mostrárnosla y a denunciarla se dedicará Nascimento en la película, así como a buscar quien lo releve dentro de las fuerzas especiales de las que tan orgulloso se siente.

Parece un planteamiento sencillo, pero el director Padilha pierde la brújula. Como si se tratara de un acorralado habitante de las favelas, empieza a disparar hacia todo lado. Si bien la corrupción es un blanco fácil cuya denuncia despierta simpatías, realmente no aporta nada distinto a lo anecdótico de las epidémicas “mordidas” y sobornos; al abordar el tópico de los estudiantes adinerados con ingenua conciencia social, que suben a las favelas con intenciones de cambiar el mundo, Padilha se queda en la piel, reduciendo el tema al desencanto que genera descubrir que ese cambio está lejos de ser fácil. Más ambiguo y preocupante es su propósito de revelar los abusos cometidos por las fuerzas del bope, que torturan, amenazan y matan sin mirar mucho a quién. En un extraña vuelta de tuerca, el director –álter ego del capitán Nascimento– se ve de repente fascinado por ese ejército de elite, temido, invulnerable, incorruptible y todo poderoso, que impone el respeto –calavera y armas en la boina negra– a punta de golpes y balas. Haciendo de la fuerza bruta una virtud, la película se deja arrastrar por un vértigo de sangre y violencia donde la víctima es la razón, representada en Matías, el aspirante de la Policía Militar –y estudiante de Derecho– que se da cuenta, a las malas, de que las ideas son menos contundentes que el cañón de un revólver sobre las sienes de alguien. Cuando Nascimento le entrega un arma para que remate a un traficante herido que asesinó a uno de sus compañeros de la Policía y Matías dispara con sevicia a pesar de los ruegos del criminal abatido, ya la transformación de hombre en fiera salvaje está completa.

Un jurado presidido por Constantin Costa Gavras le entregó a Tropa de elite el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín, en una decisión polémica y discutible. Honor que se antoja excesivo para una película tan inconveniente como esta.

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