Catalina Holguín

“En mis notas soy extenso”

Pa que se acabe la vaina, (Editorial Planeta) sale a competir con otras dos novedades del mismo Ospina, publicadas por Random House en el último trimestre de este año. Catalina Holguín reseña los 3 títulos de William Ospina que se lanzaron en los últimos meses.

2013/12/12

Por Catalina Holguín Jaramillo



Ante una audiencia mayoritariamente compuesta por hombres de mediana edad, un martes de lluvia y viento en la capital, William Ospina leyó durante una hora apartes de su nuevo libro, Pa que se acabe la vaina. En la ronda de preguntas, un asistente le preguntó por las causas de los males que aquejan al país y le imploró que aportara soluciones para nuestro futuro. “La única respuesta –afirmó el autor– es este libro”. Pa que se acabe la vaina, publicado por Editorial Planeta a mediados de noviembre, sale a competir con otras dos novedades del mismo Ospina, publicadas por Random House también en el último trimestre de este año. Un extraño caso de saturación editorial que amerita una revisión.


La escuela de la noche, libro lanzado en septiembre de este año (cuya primera edición es de Norma, del 2008), es una colección de ensayos sobre literatura, que va desde el origen de las olimpiadas en la Grecia antigua, pasando por clásicos como Borges y Hölderlin, hasta una maravillosa historia del tango argentino contada verso a verso. En este libro reluce el Ospina erudito y accesible en temas de literatura, y sobre todo, el Ospina lector de poesía. Como pocos, es capaz de transmitir su pasión por este género y su amplio conocimiento.

La otra novedad, Colombia, donde el verde es de todos los colores, tampoco es tan nueva. Aunque salió a la venta en octubre de este año, el libro es una reedición de Érase una vez Colombia, publicado hace ocho años por Villegas Editores. En su reencarnación como libro de bolsillo –sin las fotos originales en gran formato y a color –los textos sobre literatura, historia, música y paisajes se sienten inconclusos o quizás desmenuzados, como si les faltara la puntuación visual del libro original.

Los fragmentarios ensayos recorren temas, posturas y referentes ya tocados en el ensayo “Colombia: el Proyecto Nacional y la Franja Amarilla”, compilado por la editorial Norma en 1997 en el libro ¿Dónde está la franja amarilla? Ahora, como entonces, Ospina vuelve a exaltar la diversidad biológica, climática y racial de Colombia; la obra poética de Juan de Castellanos y Porfirio Barba Jacob; la hazaña política de Jorge Eliécer Gaitán, frustrada por un asesinato sin resolución. De nuevo, vuelve a deplorar la corrupción moral de todos los gobernantes; denuncia el estado de miseria al que el bipartidismo arrojó a buena parte de la población; señala las condiciones que auspiciaron el narcotráfico.

Y son justamente estos temas los que vuelve a recorrer el autor en Pa que se acabe la vaina. Ospina martilla con notoria recurrencia la tesis ya conocida y compartida por todos los bandos ideológicos: Colombia es un país jodido por su clase dirigente y merece mejor destino. La tesis es fácil de suscribir y es complaciente con el lector. Todos nos sentimos más cómodos culpando a los políticos y a los ricos de nuestros desastres en vez de tomarnos el trabajo de evaluar nuestras propias responsabilidades. ¿Acaso alguien estaría dispuesto a asumir la culpa por el estado actual de las cosas y se atrevería a pensar que la ética es también un problema personal?

En Pa que se acabe la vaina, el lector es invitado a una fiesta de opiniones en las que Ospina saca a pasear ciertos personajes políticos y ciertos eventos históricos que apoyan su tesis. Con tanto político abocado a la tarea de robar y despreciar a otros seres humanos, a Ospina no le faltan ejemplos, que son, con excepción de Marta Traba y María Cano, masculinos. Al parecer las desgracias y glorias de este país solo son atribuibles a los hombres mestizos y blancos; las mujeres no han tenido ningún rol político o cultural apreciable en esta vaina. Y las “ciento veinte naciones indígenas” que cita el autor, con excepción de Quintín Lame, solo aportan sus rastros arqueológicos y su conocimiento de la naturaleza. El rol político que han jugado los cabildos del Cauca, por poner un ejemplo, en la resistencia a proyectos centralistas y a incursiones de violencia de todos los bandos no es para el autor un rol de ciudadanos cambiando la historia nacional.

A esto se suma la manera como Ospina utiliza los hechos históricos para iluminar sus opiniones y tejer un texto programado para que el lector se indigne, se inflame de furor patriótico y se maraville con el lenguaje mismo. Ospina opina sobre la historia nacional asumiendo que el lector tiene la misma interpretación que él acerca de hechos históricos tan debatidos en la academia como el periodo de La Violencia o momentos tan complejos como la toma del Palacio de Justicia. De La Violencia, opina que es atribuible únicamente al discurso fanático de liberales y conservadores, ignorando estudios históricos marxistas que buscan las bases materiales del fenómeno que azotó, mayoritariamente, a la zona cafetera. Del Palacio de Justicia, en cambio, opina que el presidente Betancur fue una persona más “del pueblo descubriendo muy tarde que el pueblo no tenía poder en Colombia”.

Con contrastes, hipérboles, generalizaciones, enumeraciones, repeticiones, panegíricos nacionalistas y preguntas retóricas (todas estrategias comunes en la ensayística de Ospina), el autor pinta una historia nacional maniquea en la que cuarenta millones de ciudadanos han sido llevados a la ruina por un puñado de narcos, guerrillos, políticos y empresarios. Ni una sola referencia bibliográfica, ni el título de un solo libro de historia, ni siquiera a veces el título de poemas que cita a menudo, nada de eso aparece en esta columna de opinión de 237 páginas. Pasa igual en Colombia, donde el verde es de todos los colores, La escuela de la noche e incluso el famoso ensayo hoy conocido más familiarmente como La franja amarilla. Puesto en el bando del autor, desde la misma construcción del argumento y sin herramientas para formarse su propia opinión, el lector solamente puede asentir.

De las tres novedades discutidas, sin duda la más contundente a todo nivel es Pa que se acabe la vaina. Este último libro, que invoca con su título un verso del vallenato “La gota fría”, se aleja de las portadas serias, grandilocuentes y aburridas de Random House. La de Planeta, en cambio, capta la verdadera esencia del texto. La tipografía estilo grafiti anuncia una verdad que ya está en las calles, pintada desde la calle 26 hasta Corabastos: un gran cambio se avecina (¿Será la paz? ¿Será un nuevo presidente? ¿Un nuevo partido político?). Pero esta portada blanca de letras negras y rojas está un poco recortada, revelando una franja de color amarillo que es, realmente, una segunda portada donde se combina la foto de un carro en llamas y la siguiente cita: “La vieja Colombia murió el 9 de abril de 1948: la nueva no ha nacido todavía”. Innecesario nombrar el evento, ya de proporciones mitológicas, en torno al cual gira para el autor la gran explicación de todos los desastres nacionales. Todo el libro anuncia que ya está aquí, que ya llegó, con nuevos colores, la actualización editorial de la franja amarilla, escrita en tiempos donde se anuncia paz, se pide paz, se vende paz.

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