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En lo profundo de la selva

2010/06/29

Por Por Mauricio Sáenz

La luz del sol nunca tuvo un significado tan emocional. La narradora la recibe de frente por primera vez en seis años al llegar al sitio en el que el helicóptero venezolano va a recogerla. Y solo cuando ella, deslumbrada, se tapa los ojos, el lector entiende que regresa del corazón de las tinieblas. Porque en el inmenso gulag selvático el astro rey es aún más ausente que en su helado antecesor estepario, y en pleno trópico, los cautivos de las Farc malviven en medio de la oscuridad.

Ese golpe de claridad se convierte, casi sin quererlo, en el clímax emocional de Cautiva, el volumen con el que Clara Rojas asume su turno de narrar su versión de los hechos que rodearon su cautiverio en la selva colombiana entre 2002 y 2008.

Eso resulta sorprendente, porque los elementos del relato, que desafían la imaginación de cualquier novelista, deberían ser suficientes para mantener una tensión dramática en permanente ascenso. Clara narra en el libro hechos, a cual más impresionante, que comienzan cuando fue secuestrada por la guerrilla y llevada a lo profundo de la selva a pasar ocho años de penalidades. Un lapso interminable en el que vivió en las condiciones más lamentables, recorriendo de arriba abajo los caminos de la jungla, de campamento en campamento, en medio de las alimañas, las enfermedades selváticas, el acoso del ejército…

Y cuenta cómo nada de ello le impidió concebir un hijo y dar a luz sin los más elementales requisitos de higiene, con una cesárea practicada literalmente a cuchillo, sobrevivir, perder a su bebé, doblemente secuestrado, recuperarlo y regresar sana y salva a contar su historia. Mientras tanto, refiere cómo sus compañeros de cautiverio alternativamente la amaban y la odiaban, y cómo se dilapidaba su entrañable amistad con su compañera de infortunio, la mujer por la que estaba allí,

Íngrid Betancourt.

Pero esos ingredientes jugosos se quedan sin cocción, pues Clara cuenta semejante historia con una prosa que a fuerza de ser sencilla y directa a veces adquiere el tono de un registro notarial. A ese texto, cuyo valor testimonial está por fuera de toda duda, hay que navegarlo casi por completo para, al llegar a ese momento culminante, conseguir identificarse del todo con el enorme drama humano que representa.

Porque ese libro que describe el caos del secuestro en medio de la manigua parece escrito con el bisturí del cirujano más cerebral. Clara describe sus propios sentimientos como si estuviera viendo una película que nada tuviera que ver con ella, y si bien sufrimos por su parto y su separación del niño, no hay manera de vibrar con las descripciones, o con el examen psicológico de sus compañeros cautivos, o de sus carceleros infames. Pues todo pasa por frente a nuestros ojos como una sucesión de personajes que han sido arrastrados allí por fuerza del destino, todos secuestrados, tanto los que cargan las armas como los que llevan las cadenas. Pero en ninguno de los pasajes es posible vibrar con sus motivaciones, sus deseos, sus ilusiones, sus pasiones. Todos pasan por allí como si la cosa no fuera con ellos, como si estar en la selva fuera un destino ineluctable.

Y en su estilo distante, ni siquiera cuenta a fondo sus problemas con los demás secuestrados, ni su relación con Íngrid,

más allá de dejar sentado que su pretendida grandeza no resiste el más mínimo análisis cuando se ve sometido a una prueba de semejante naturaleza.

Al final, queda la sensación de que tenía razón quien dijo que esas cosas que pasaron en la selva allí se deben quedar. Y que si alguien ha sufrido lo que sufrió Clara Rojas, y quiere comunicarlo al mundo para que nunca más suceda, debe hacer lo que los tres secuestrados gringos cuando confrontaron el mismo deber: contratar un escritor profesional.

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