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En la sala de lecturas del infierno

Luis Fernando Charry reseña La Universidad Desconocida de Roberto Bolaño

2010/03/15

Por Luis Fernando Charry

Todavía el nombre de Roberto Bolaño resuena en el ámbito literario. Quizás está bien que así sea. En este suplemento, sin ir tan lejos, Margarita Valencia lo citó hace poco in extenso (y además le dedicó su columna) en un artículo sobre Bogotá 39. En realidad las palabras de Bolaño demarcaron las fronteras del texto; las citas de los autores (de una bonita brevedad aforística) se leyeron más bien (y quizás no está mal que así sea) como meras notas al pie. De modo que la figura de Bolaño aún tiene cierta vigencia.

La Universidad Desconocida –uno de los dos últimos libros póstumos del escritor chileno; el otro, de relatos, se titula El secreto del mal– reúne la totalidad de la poesía escrita por Bolaño desde su llegada a España en 1977. En ese entonces, en esas noches de bohemia y trabajos y desvelos, de lecturas agotadoras de poesía francesa (en especial de poetas malditos, como para que la literatura estuviera a la altura de las circunstancias), de amores y muertes y viajes y rechazos y enfermedades, empezó a forjarse el temperamento de un autor que siempre se consideró un poeta por encima de todo; un autor, por lo demás, que nunca se sintió incómodo saltando de género en género, reelaborando las convenciones de acuerdo con sus intereses. De ahí que los ambientes de sus novelas sean los mismos que aparecen en sus poemas: calles con aires relativamente criminales, visiones de ciencia ficción en el bosque, reuniones clandestinas con las musas y las putas o con las dos al mismo tiempo (y una pregunta pertinente: ¿quién es quién?), conversaciones con fantasmas educados en las mejores bibliotecas, homenajes a Juan Ramón Jiménez, Ernesto Cardenal, Efraín Huerta, menciones a los amigos que hicieron parte de un grupo de poetas que pasará a la historia por haber saboteado las lecturas de Octavio Paz, entre quienes se cuentan Bruno Montané o Mario Santiago (Felipe Müller y Ulises Lima en Los detectives salvajes; el último escribió este verso memorable en alguna parte: “Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio”).

En estas páginas también hay destellos de sexo virtuoso en la oscuridad, recuerdos de los atardeceres en Gerona y Barcelona, alusiones a los huérfanos de Dickens y a los hombres duros que no saben bailar, retratos de un tal San Roberto de Troya y de Victoria Ávalos (la madre de Bolaño) y de Lautaro Bolaño (el hijo mayor de Bolaño), y a quien están dirigidos varios de los últimos poemas del libro. Por ejemplo, “Lee a los viejos poetas”: “Lee a los viejos poetas, hijo mío / y no te arrepentirás / Entre las telarañas y las maderas podridas / de barcos varados en el Purgatorio / allí están ellos / ¡cantando! / ¡ridículos y heroicos! / Los viejos poetas / Palpitantes en sus ofrendas / Nómades abiertos en canal y ofrecidos / a la Nada / (pero ellos no viven en la Nada / sino en los Sueños) / Lee a los viejos poetas / y cuida sus libros / Es uno de los pocos consejos / que te puede dar tu padre”. 

En este punto hay que decir una cosa: Roberto Bolaño no fue un gran poeta. Pero tuvo un temperamento poético, que tal vez sea lo que a la larga cuenta. La lectura de La Universidad Desconocida –a pesar de ese tono conversacional un tanto fallido, de los reiterativos guiños a Nicanor Parra (a los malos poetas normalmente les gusta mucho Parra) y de los regulares ejemplos de prosa poética– tiene la virtud de mostrar a Bolaño en medio de la batalla. Eso tiene su encanto. Después de todo, fue uno de los últimos escritores que entendió que la poesía es un ejercicio de supervivencia.

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