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En la tierra que Dios abandonó

Juan Carlos González reseña una película de Edward Zwick, Diamante de Sangre,

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Los avances promocionales de Diamante de sangre (Blood Diamond, 2006) no dejan entrever con exactitud el tipo de película a la que vamos a enfrentarnos. Parece que los ejecutivos de la Warner hubieran entrado en pánico con la agenda política del filme, para decidir entonces esconderla con sutileza y magnificar los elementos de acción y aventura que también posee. Al final da la impresión de que la película que se nos quiere vender es una suerte de versión seria y violenta de Dos bribones tras la esmeralda perdida (Romancing the Stone, 1984). Algo, sin embargo, desvirtúa y arruina las intenciones comerciales de la compañía productora: Diamante de sangre es una película de Edward Zwick, y este director no iba a dirigir una simple cinta de acción. Teníamos entonces que descubrir por nosotros mismos las bondades del filme que, estábamos seguros, existían.

¿De donde salía esa confianza? De la interesante trayectoria de un director de un perfil misteriosamente bajo, quizá sólo explicado por la inteligencia de un hombre que prefiere que sean sus obras las que hablen por él y no los escándalos, bochornos y golpes bajos que otros utilizan para promocionarse. Con 54 años, Edward Zwick ha ido configurando una filmografía pequeña pero muy valiosa en su doble papel de productor y realizador. Títulos como About Last Night… (1986), Leyendas de pasión (1994), Coraje bajo fuego (1996), Contra el enemigo (1998) y El último samurái (2003) nos hablan de un artista con un pie en el cine comercial de alto nivel y el otro en los terrenos del cine personal. Mención aparte merece su obra maestra, Tiempos de gloria (Glory, 1989), un ejemplo soberbio de sus cualidades como narrador, que le permitieron convertir una película sobre la guerra civil en un drama de altas calidades y desbordante sensibilidad. Deben sumarse a su carrera sus proyectos televisivos como las series Después de los treinta y Once and Again, así como las películas producidas a través de su propia compañía, Bedford Falls Productions, tales como Shakespeare enamorado (1998) y Traffic (2000). Quienes conocemos su obra esperamos siempre con optimismo su siguiente película. Allí encontraremos –y es una constante– elevados valores de producción, una excelente fotografía y un relato en el que el análisis histórico y social está siempre presente.

Elementos estos que aparecen en Diamante de sangre, una película que –escudándose en la fachada de un filme de acción– trata de denunciar, quizá con algo de simplismo, el mercado ilegal de diamantes en África, combinando elementos de ficción con una base real que es asombrosa en su crudeza. Vemos niños reclutados para la guerra y cómo los grupos rebeldes de Sierra Leona los adoctrinan para convertirlos en carne de cañón; apreciamos las maniobras comerciales y políticas que le dan lustre legal al contrabando de joyas, y somos testigos de una guerra civil que no respeta a ningún grupo humano. La anécdota del hallazgo, pérdida y difícil recuperación de un enorme diamante rosado es el marco de un lienzo social que pretende –como también lo hizo Hotel Rwanda (2004)– darnos a conocer cosas que no por ignoradas dejaron de ocurrir. La vergüenza que produce nuestra proverbial apatía ante este estado de las cosas aumenta el impacto que nos generan sus imágenes teñidas de dolor.

Leonardo DiCaprio, Jennifer Connelly y Djimon Hounsou serán nuestros anfitriones en el recorrido. Una senda que atravesamos en silencio, conmovidos del tamaño del mal que nos hacemos el uno al otro.

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