Cixí, la emperatriz Jung Chang Taurus $49.000 594 páginas

Enorme y desconocida

Mauricio Sáenz reseña la biuografía Cixí, la emperatriz, sobre un personaje de la historia reciente de China que permanece en las sombras a pesar del papel clave que cumplió al frente de los destinos del Imperio del Centro.

2014/07/23

Por Mauricio Sáenz

Un personaje de la historia reciente de China permanece en las sombras a pesar del papel clave que cumplió al frente de los destinos del Imperio del Centro. Su figura está rodeada de misterio no solo porque su gobierno fue el último de una dinastía que desapareció casi inmediatamente después de su muerte, sino porque se trata de una mujer en una cultura que aún hoy relega al género femenino a un papel más que secundario.

Tras su deceso, la revolución republicana de Sun Yat Sen primero, y la comunista de Mao Zedong años más tarde, condenaron su memoria. Poco ayudó que sus primeros biógrafos occidentales crearan de ella una imagen fantasiosa, carente de verdaderos soportes documentales. Se trata de la emperatriz viuda Cixí, o Tsu Hsi, quien se convirtió de ese modo en uno de los personajes más vilipendiados de la historia.

Pero, como afirma la celebrada autora sinobritánica Jung Chang en su extensa biografía revisionista Cixí, la emperatriz, ella no fue la reaccionaria que se opuso a que su país se transformara y se abriera al exterior. Por el contrario, como dice en el epílogo, si Cixí hubiera vivido unos años más, China se habría convertido en una monarquía constitucional y el mundo sería diferente.

La autora se apoya en documentos inéditos para desentrañar a la verdadera mujer que se ganó el apodo de la Dama Dragón. A esa joven de clase alta manchú que en 1852, a los 16 años, llegó a la Ciudad Prohibida como concubina de tercera categoría del emperador Xianfeng. Cinco años después Cixí mejoró su estatus, no solo por su astucia, sino porque le dio al soberano su único hijo hombre. Xianfeng odiaba con pasión a los extranjeros, que desde mediados del siglo xix tocaban amenazantes a las puertas de China. Para una cultura milenaria que apreciaba más la filosofía de Confucio que los conocimientos científicos, para una sociedad, en fin, dominada por el tradicionalismo más rígido, los occidentales eran unos bárbaros hipócritas y solapados, carentes de refinamiento y respeto.

Pero a pesar de los abusos de los europeos, y en particular de los ingleses, la aguda Cixí ya había entendido que de no integrarse al mundo, China se adentraría en un callejón sin salida. De ahí que al morir Xianfeng, en 1861, orquestó un golpe palaciego en alianza con el príncipe Gong, hermano del difunto y, según este, simpatizante de los extranjeros, y con la emperatriz Zhen, su viuda legítima. Fue un momento de todo o nada: Xianfeng, sospechando sus intenciones liberalizantes, había dejado instrucciones de asesinarla. Pero tras maniobrar hábilmente, Cixí quedó instalada firmemente al frente del país como regente de su pequeño hijo.

Abrir las puertas era, de por sí, un peligro en una época marcada por las ansias imperialistas de las potencias europeas y por el expansionismo de los japoneses, que tras occidentalizarse a marchas forzadas en la era Meiji, querían dominar Asia. De ahí que Cixí tuvo que hacer un difícil equilibrio entre relacionarse con el exterior y al mismo tiempo evitar que por ese camino su país se desmembrara. Y mientras lidiaba con habilidad las agresiones foráneas y enviaba los primeros embajadores al Viejo Continente, superaba todo tipo de sangrientas intrigas palaciegas que no pocas veces resultaron en ejecuciones, suicidios forzados y asesinatos.

Cuando Cixí murió en 1908, a pesar de todas las vicisitudes, China había pasado de ser un reino medieval atrasado y enclaustrado en sí mismo, a una nación de ciudades prósperas, una industria creciente y una naciente clase media. Ella, sin embargo, no pudo salvar a su dinastía manchú, y su sobrino nieto, Pu Yi, se convirtió en el fugaz último emperador de ese trono milenario. El libro de Chang, emocionante como una novela, nos adentra no solo en un personaje olvidado e incomprendido, sino en las increíbles intimidades del poder en la Ciudad Prohibida, en una época turbulenta y crucial.

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