Mauricio Sáenz.

Entre la cátedra y las caderas

La etimología, en medio de su importancia, es muy poco sexy. El español Virgilio Ortega asume con su libro 'Palabradicción' el reto de acercar la historia de las palabras al lector no especializado.

2016/09/29

Por Mauricio Sáenz

Tener claro el origen de las palabras y la manera como fueron evolucionando hasta sus formas actuales resulta crucial para entender de verdad su alcance y sus posibilidades expresivas. Pero la etimología, en medio de su importancia, es muy poco sexy. No es raro que la gente la asocie con complejos tratados destinados a dormir en las bibliotecas universitarias en espera de que de cuando en cuando algún estudiante los use para una consulta rápida.

De ahí el valor del trabajo del español Virgilio Ortega, quien asume con Palabradicción la tarea de acercar la historia de las palabras al lector no especializado. En este libro descomplicado, el autor despliega los conocimientos que adquirió en más de 40 años de pasión por el tema mientras trabajaba como editor de más de 5.000 libros en Salvat, Orbis, Plaza & Janés y Planeta DeAgostini. Y la verdad es que lo hace con mucha gracia.

Ortega no plantea un ensayo o nada parecido, sino una especie de juego de sobremesa en forma de diálogo platónico. Un autor (él) le plantea a su hipotético lector 19 preguntas (una por capítulo) que parecen disparatadas pero dan pie para entrar en materia. Al comienzo de cada sección aparecen tres o cuatro posibles respuestas, y al final, invertidas en la página, están las soluciones, como si se tratara de un acertijo de periódico. De ese modo, y como diría Chespirito, sin querer queriendo, le hinca el diente a la historia de más de 1.400 vocablos y a sus relaciones entre sí, que la mayoría de las veces resultan sorprendentes y curiosas.

Por ejemplo, pregunta qué tienen que ver las atractivas caderas de su prima con la santa iglesia catedral. Mucho, dice una de las cuatro opciones de respuesta, pues “¡cuando mi prima entra en una catedral, todo el mundo se vuelve a mirar sus caderas!”. Como era de esperarse, esa no es la correcta, y en realidad las dos tienen mucho que ver en su origen.

La palabra clave viene del griego clásico: hedra, que significaba ‘asiento’, ‘silla’ o ‘acción de sentarse’. Con el uso, los griegos combinaron ese vocablo con la preposición katá, que quiere decir hacia abajo, con lo que llegaron a la kathedra, donde uno “se baja” para sentarse, (emparentada con ‘catacumbas’, que están debajo de la tierra, o ‘catarata’, que cae hacia abajo). Por metonimia, fenómeno por el cual el nombre de las cosas pasa a lo que las usa, el asiento o kathedra pasó a denominar también el sector corporal que descansa en él, y así llegamos a las caderas.

Y al pasar al latín, igual pero con cé, se convirtió en la silla desde la que enseñaban los profesores, que comenzaron a llamarse catedráticos. ¿Y la catedral? Pues es el templo desde donde el obispo ejerce su magisterio, por supuesto, debidamente sentado sobre su silla (la cátedra) y sus caderas, como la prima del autor.

Ortega entrevera, en medio de ese diálogo, otras expresiones. Así, menciona de pasada que el papa hace lo mismo que el obispo desde la Santa Sede, que corresponde a la expresión latina para decir asiento: sedes o sedis. Por ahí derecho nos enteramos de que sentarse proviene del verbo latino sedentare (sentarse en la sede), de donde viene también sedentario, como parece obvio, alguien que sale poco de su terruño. No lo parece tanto la relación con el presidente, que se sienta al frente de una organización, y con el disidente, que se sienta aparte.

Con esa fórmula, Ortega se plantea cuestiones como la relación de Don Quijote de La Mancha con un robot, o de los políticos con los idiotas, o del abecedario con el solfeo, o de un ministro con un maestro. Y así, sin casi darnos cuenta, entramos en contacto con los secretos, muchas veces totalmente insospechados, de tantas palabras. Libro divertido, de esos que cerramos con una sonrisa en los labios, mientras nos hacemos nuestras propias preguntas acerca de ese tema tan apasionante como interminable.

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