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Era lunes cuando cayó del cielo

Ficción

Alexánder Cuadros reseña la última novela de Juan Diego Mejía, Era lunes cuando cayó del cielo

Por: Alexánder Cuadros

Publicado el: 2010-07-13

Aunque no se vea el rostro de la chica en pelota agarrándose el seno en la tapa de Era lunes cuando cayó del cielo, la última novela de Juan Diego Mejía, es obvio que ella lo está invitando a leer. El libro, en todo caso, es más atractivo por fuera. Mejía (que escribió el premiado El cine era mejor que la vida, entre otros) es productor de televisión, y aquí su prosa no lo logra ocultar. El problema es que la novela depende esencialmente de un solo hecho —un suicidio— y de una sola emoción: que el suicidio es bien triste. Si el título fuera Era lunes cuando la modelo se mató, no sería necesario leer mucho más.

La novela deambula y deambula y retrocede y a veces avanza, y sí, por qué no, tiene un argumento. Marcelo, un director yuppie de comerciales, tiene una novia, Lucía, una de las modelos más conocidas de Medellín, y ella se deprime, quién sabe por qué. También están los amigos de Marcelo, aunque sus únicos rasgos de personalidad se encuentran en sus apodos—el Flaco, el Pintor—y su única función es agregarle alguno que otro comentario cotidiano a la narración. (En el caso de Marcelo, un solo gesto manido lo redondea: el de soplar el mechón que le cae sobre la frente. Ni hablar de la larga digresión sobre su fervor por el tenis.) El narrador se llama, como el mismísimo autor, Mejía, y está indeciso a ser omnisciente o no. Éste es, quizás, el conflicto más intrigante de la novela.

Otro conflicto: ¿por qué se mata Lucía? Tal misterio podría sustentar otra ficción, pero en este caso llegamos a una conclusión de las mas banales —está triste, no entiende su propia vida, no la entiende el mundo—. Y lo peor de todo, está envejeciendo. Viene de una comuna pobre y es como un espejo de circo de Rosario Tijeras (a quien este libro hace referencia) aunque la violencia que a Rosario le da vida —y que en la novela de Jorge Franco casi es protagonista— es un mero telón de fondo aquí. Pero en vez de contrastar con la burguesía de Marcelo y su entorno, parece más bien una especie de atajo narrativo: Mejía invoca el mundo de Pablo Escobar para llenar con emociones ya hechas un vacío de emociones propias. Suele recurrir, además, a frases flojas como “ojos cerrados dulcemente” o “una belleza triste”—siempre triste, triste, triste—pero en busca de ese sentimiento, apenas alcanza el sentimentalismo. En la ausencia de los cortes rápidos y sencillo glamour y saludables límites de tiempo que son la esencia de la televisión, el otro medio de Mejía, los clichés, como el sabroso cuerpo de la tapa, se desnudan.