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Ese gato no sirvió

Catalina Holguín Jaramillo reseña la novela del escritor colombiano Juan Pablo Lombana, Deudas de una patadura

2010/03/15

Por Catalina Holguín Jaramillo

Hernán Mazo (también conocido como Lino Sandoval) es el protagonista adolescente de Deudas de un patadura del novel escritor colombiano Juan Pablo Lombana. Las aventuras y desventuras de Mazo comienzan con un delito menor. Durante un partido de fútbol colegial, Mazo le rompe la pierna al niño popular del curso. El joven criminal encuentra la excusa para huir. Su papá es un soberano tirano, su mamá está entre loca y confundida, y su colegio es “una chanda”. Mazo tiene 17 años, ¿por qué tendría que gustarle el colegio, la familia o su ciudad?

Mazo escapa esa misma tarde. Con la ayuda de su primo girardoteño Jota, Mazo se hace a una nueva identidad con unos papeles procurados no muy legalmente (los papeles eran de Lino Sandoval, amigo de Jota que había muerto en un accidente). La travesía picaresca aleja a Mazo de Bogotá y de su mundo juvenil y lo lleva hasta la periferia del país (que al parecer es en Barrancas, Guajira), donde descubre su vocación de luminotécnico. Purgado de sus vicios de clase (purga que Mazo hace muy conscientemente portando un “bozo y camisas estampadas” y viviendo en un pueblo con “el pueblo”), Mazo vuelve a Bogotá con la aspiración de labrarse su propio camino en el mundo del teatro. Preocupado por toparse de nuevo con sus amigos del colegio “pispireto” al que su papá arribista lo metió, Mazo se refugia en la comunidad teatrera capitalina y encuentra allí su redención: novia de barrio popular, vocación, ideas mamertas y hasta un ethos del rebusque.

El grueso de las aventuras está ensanduchado entre un prólogo y una conclusión muy peculiares. En el primer capítulo de esta novela narrada en primera persona, Mazo le dirige su narración explícitamente a su perseguidor, un sargento que ha arrinconado al joven criminal en un cambuche hediondo. “Aquí dejo un recuento de los hechos, escrito con mi propio puño y letra”, le dice Mazo a su cazador. Esta especie de prólogo justifica la existencia de la prolongada narración (que no sería tan prolongada si Alfaguara no abusara tanto del tamaño de la letra ni usara márgenes como de estudiante de séptimo que no tiene nada que decir) y funciona como único motor del suspenso. Hoja tras hoja uno espera ver a Mazo caer, untarse de algo maluco que explique el tono jactancioso del prólogo y la intensa persecución del sargento anónimo.

Pero no. Resulta que la travesía de Mazo es más bien mansa. Y solo hasta las últimas quince páginas se nos revela la famosa transgresión que tiene a Mazo posando de antihéroe en las primera páginas. Aparece como de la nada una tal María Elvira que lo contrata para cuidar una entidad pública de poca monta adscrita al idu. La funcionaria se va de viaje y le encarga unas cotizaciones. Él las pide con todo el empeño y luego firma una carta. La oficina jurídica del idu lo llama y le recuerda que él no está facultado para firmar (hasta ahí, no hay crimen) sino la señora María Elvira. Y ¡zas!, faltando cinco meras páginas, aparece un reportero cizañero que arma tremendo escándalo porque Mazo no es Mazo sino Lino, que no es Lino sino un muerto. Pero, bueno, a ver, ¿cuándo una irregularidad en una entidad pública de Bogotá ha ameritado o ameritará la persecución furibunda de la que Mazo es víctima? Ojalá…

Se acaba la novela y entonces Mazo, el pícaro que desde las primeras páginas nos pide que nos pongamos de su lado, que con su narración pretende explicar por qué se encuentra en esa situación precaria, sale con un chorro de babas. Huye de su casa, sí, pero depende de que otros lo hospeden, lo alojen y le muestren por dónde ir y qué hacer; aprende a vivir “con el pueblo y como el pueblo”, pero su aprendizaje no es más que el mimo irónico del cachaco de bien que se disfraza de “pueblo” por unos días para verlo de cerca y burlarse mejor, cual periodista de la revista SoHo. Entonces, ¿qué queda del supuesto patadura? Solo un refrán infantil que da vueltas y vueltas en mi cabeza: “Ese gato no sirvió, ese gato…”.

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