Esmeralda Arboleda y Mauricio Sáenz

Esmeralda Arboleda, la pionera olvidada

Patricia Pinzón de Lewin reconstruye la vida de una mujer que nació en Palmira, Valle, y empezó a hacer todo lo que no hacían las mujeres de su generación.

2015/09/16

Por Mauricio Sáenz

Si la historia reciente del país es un espacio gris para las nuevas generaciones, la de la lucha por las reivindicaciones sociales y políticas de las mujeres es un verdadero agujero negro. En efecto, las estudiantes que hoy ocupan mayoritariamente los pupitres universitarios consideran ese un hecho tan natural como existir. No saben que, hasta mediados del siglo xx, era mal visto que una mujer aspirara a una educación equiparable a la de los hombres. No se imaginan que esas muchachas que abrieron su camino tuvieron que pasar por el rechazo social, la mirada inquisidora del clero y la burla de sus propios compañeros varones.

Esmeralda Arboleda no solo atravesó esas dificultades para convertirse en pionera de la presencia femenina en los grandes temas nacionales. También dedicó su vida a luchar por la igualdad de la mujer en un país que se resistía a cambiar las costumbres del siglo xix, que la relegaban a un papel doméstico. Sacar del olvido su lucha y su figura es el mayor mérito de Esmeralda Arboleda. La mujer y la política, de Patricia Pinzón de Lewin, que comienza con la génesis de su familia paterna en el Valle del Cauca de los años veinte y culmina en la década de los noventa, cuando su protagonista fallece después de una vida plena de luchas, desilusiones y triunfos.

Los padres de Esmeralda, Fernando Arboleda y Rosita Cadavid, inculcaron su espíritu abierto a la modernidad en sus seis hijas y las impulsaron para que estudiaran, fueran independientes y rompieran los moldes. Nacida en 1921 en Palmira, Esmeralda no tenía dónde terminar el bachillerato en esa ciudad, así que lo hizo como interna en el colegio de las señoritas Casas, en Bogotá, en 1938. Al comenzar su carrera de Derecho en la Universidad del Cauca, era la única de las pocas alumnas que estudiaban una carrera “para hombres”. Más tarde diría que su feminismo despertó al “tener que estudiar las leyes de una nación que con total desvergüenza legitimaban la discriminación y la supuesta inferioridad femenina”.

Escogió el tema de la protección legal de la niñez como su tema de tesis, y la de la criminalidad infantil al especializarse en la Universidad de Indiana, cuando protagonizó otro hito educativo que de paso le abrió aún más la perspectiva de la emancipación femenina en sociedades más avanzadas. Dedicada a ejercer su profesión, hizo presencia en todos los espacios que se abrían para la participación de la mujer, hasta involucrarse en uno que la marcaría para siempre: el derecho al voto. Corría la entonces esperanzadora presidencia de facto de Rojas Pinilla, y Esmeralda desempeñó un papel crucial en el empeño de que la Comisión de Estudios Constitucionales incluyera el tema en el proyecto de reforma que se pondría a consideración de la Asamblea Nacional Constituyente. Y luego, integrada a esta a nombre del Partido Liberal, pronunció una recordada ponencia que resultó determinante para que el Acto Legislativo 3 de 1954 otorgara a las mujeres el derecho a elegir y ser elegidas.

Desde entonces y en medio de avatares, Esmeralda Arboleda no dejó de participar de alguna manera en el acontecer político nacional. En 1958 se convirtió en la primera mujer en llegar al Senado, fue la segunda ministra de la historia, después de Josefina Valencia de Hubach, abrió el camino para que la mujer representara al país en una embajada, en su caso la de Austria, y no contenta con eso, fue la primera formadora de opinión con su programa de televisión Controversia, foro de grandes temas nacionales.

Este libro llena un vacío de información sobre una mujer pionera y es un merecido homenaje a su protagonista. Sin embargo, se echa de menos una aproximación más humana y personal a alguien que, según todos los recuentos, nunca dejó de ser una perfecta dama en medio de una lucha que, a los ojos de sus contemporáneos, ponía en tela de juicio precisamente esa calidad.

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