Portada del nuevo disco de Peter Gabriel, Scratch My Back.

A sus espaldas

José Alejandro Cepeda reseña el último disco de Peter Gabriel, Scratch My Back.

2010/04/21

Por José Alejandro Cepeda

El 14 de julio de 1996 el dúo de Bath, Inglaterra, Tears for Fears ofreció un espectacular concierto en Bogotá, lamentablemente sin el bajista Curt Smith. Esa noche, Roland Orzabal presentó sus clásicos y estrenó Raoul and the Kings of Spain (1995). Sin embargo, más allá de la novedad y un escenario lleno de cirios que parecía despedir a la Armada Invencible, llamó la atención que interrumpió su repertorio para tocar dos temas de compatriotas suyos, presentándolos con mucho respeto en un castellano con acento inglés. El primero fue Don’t Give Up de Peter Gabriel, el antiguo líder de Genesis, junto a Kate Bush, de uno de los mejores álbumes de los ochenta, So (1986). Orzabal, alentado por sus magníficos duetos con Oleta Adams, se le midió a recrear la conmovedora canción de un hombre que se siente aislado y es consolado por una mujer. Airoso, luego despachó fiel la melancólica violencia de Creep, de “un grupo nuevo que me gusta mucho llamado Radiohead”.

Esa clase de espíritu, la de un gran compositor que es capaz de dejar su ego y acepta el reto de interpretar a otros recreando con ángulos diversos sus canciones, es lo que alimenta Scratch My Back, octavo disco solista de estudio y decimocuarto de Gabriel sumando los viejos días de rock progresivo junto a Phil Collins, Tony Banks y Mike Rutherford. El álbum, que exige una audición solitaria o nocturna, está construido solo a partir de la voz y la orquesta, con arreglos de John Metcalfe y la producción de Bob Ezrin (responsable de buena parte del material de Gabriel o del doble The Wall, de Pink Floyd, en 1979), siguiendo no los reglamentos del pop sino los de compositores clásicos de avanzada minimalista como Arvo Pärt o Steve Reich. Por eso en los créditos aparecen la London Scratch Orchestra y el coro de la Christ Church Cathedral de Oxford, quienes impulsan un acertado eclecticismo desde un climático Heroes, de David Bowie, a una nuclear versión de Philadelphia, de Neil Young, pasando por un The Boy in the Bubble, de Paul Simon, desprovisto de las raíces africanas del mítico Graceland de 1986. Gabriel, además de ser un activista coherente (algo de lo que deberían aprender esos figurines de multinacional que abundan como la hiedra pero hablan de salvar el mundo) de los derechos humanos y fundar el sello Real World (el cual entre muchos rescató a la colombiana Totó La Momposina), demuestra que siempre mira hacia adelante. Están presentes versiones intimistas de contemporáneos como Elbow, Arcade Fire o Regina Spektor, que navegan naturales junto a Lou Reed o los Talkink Heads, en un álbum que como anotó Mojo, “está hecho para hacernos sentir felices poniéndonos tristes”.

No todo sale a la perfección. I think it’s Going to Rain Today, del irrepetible Randy Newman, deja dudas de algunas secuencias, por fortuna compensadas con joyas como Street Spirit de ese Radiohead que tanto le gusta a Tears for Fears. El repertorio (que ayudó a elegir la hija de Gabriel, Anna —¡no confundir con la ranchera Ana Gabriel!—), posee un acuerdo implícito: los versionados prometieron devolver favores y rascar la espalda del autor en un tributo que se llamará I’ll Scratch Yours. En América Latina solo hubiera clasificado Charly García, quien tuvo un fantástico grupo en los setenta, La Máquina de Hacer Pájaros, al que llamaba “el Genesis del subdesarrollo”. La diferencia con Peter es que Carlitos no quiso ser un caballero.

 

Peter Gabriel

Scratch My Back

Real World, 2010.

$38.500

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