RevistaArcadia.com

Esperjo crítico

Hernán Darío Correa reseña Colombia es una cosa impenetrable, de Juan Guillermo Gómez García.

2010/03/15

Por Hernán Darío Correa C

Este libro tiene dos virtudes: como suceso editorial y como empeño intelectual de ajuste de cuentas. En el primer sentido, porque significa el nacimiento de una editorial independiente y “plebeya” (como las hojas del camino de su poético nombre), en un medio que ha venido asistiendo impasible a la desaparición de las editoriales pequeñas y críticas; y también porque se trata de un bello volumen que ha sido confeccionado con excelente criterio tipográfico y de diseño e índices analítico y onomástico, es decir, pensando en el lector y en la continuidad de la tarea del pensamiento, también asunto precario entre los editores en el país.

En el segundo sentido, porque no es usual encontrar, no sólo en general, sino en un volumen, embates críticos sobre las leyendas de nuestra tradición literaria: Carrasquilla, Osorio Lizarazo, Fernando González, Sanín Echeverri y Rafael Gutiérrez Girardot; o sobre los “ecos de la cultura alemana en Colombia” (recepción de Goethe, Volkening y las miradas de dos viajeros científicos del siglo XIX); de los cuales se sirve el autor para incursionar sobre pensamiento político, intelectuales, sociedad y crítica, la lectura y la edición, y universidad e investigación social en el país (títulos de las secciones del libro, compilación de quince ensayos escritos en el curso de casi dos de décadas por su autor, profesor de las universidades de Antioquia y Nacional).

A través del espejo de Goethe, cuyo centenario coincidió con la apertura de la república liberal, de modo brillante el autor perfila algunos intelectuales que condensaron nuestras posturas culturales y políticas, en tanto inspiraron “el despertar de la modernidad crítica en Colombia” (286), hicieron un ejercicio de orteguiana y “estéril beatería goethiana” (297), o impostaron un “Goethe suarista, místico, jesuita, calderoniano, telúrico y laureanista, como contribución al clima ideológico de un país que acuñaba la expresión la Violencia para definir su sucesiva peculiaridad política” (304).

Indignación, rigor crítico y politización se entrelazan en el autor en su tarea de ajuste de cuentas, que se desdibuja cuando se aleja de aquel espejo y se vuelca sobre períodos históricos (la república liberal y el Frente Nacional), movimientos políticos y sociales (el trotskismo, el movimiento estudiantil), o campos de nuestra historia (la crisis universitaria, la “historia del libro en Medellín en los setenta”), no siempre con el mismo acierto: en todos los ensayos parece haber una idea de ajuste epistemológico de cuentas antes que crítica histórica, que sin duda incluye pero no se agota en aquel (el cura Casafús y el catecismo Astete, “los elementos básicos de la constitución sociocultural de la intolerancia” –sic, 26–); o de la modernización como un proceso lineal en la historia, aquí traicionada e interrumpida por el santismo, el gaitanismo y el laureanismo; o profundas carencias de contexto (los años veinte no se tienen en cuenta para nada, ni la relación de la república liberal con el libro y una idea de pueblo –la encuesta nacional de lectura y los festivales del libro, estudiados con tanto detalle por Renán Silva–); o generalizaciones “nacionales” desde realidades regionales (Medellín, ni siquiera Antioquia); o limitaciones de enfoque: el trotskismo y el movimiento estudiantil, poco definidos como tendencia política o como movimiento social, subsumidos en la crisis universitaria de los setenta; ¡o gratuidad en la desconsideración de todos los autores que han reflexionado sobre Gaitán! –60–.

Pero el espejo está ahí, pulido, y por ello debemos en todo caso agradecer tanto al editor como al autor, el juicio y el valor con que nos han entregado este espejo que nos impone nuevos puntos de partida en la necesaria tarea de revisar nuestro propio rostro.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.