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Exhibición innecesaria

Lina Mendoza reseña Diarios del escritor húngaro Sándor Márai

2010/03/15

Por Lina Mendoza

“La idea de la ‘literatura’ me hastía. Las palabras no sirven, más que para ocultar la realidad, no para revelarla. La realidad es otra cosa”. Estas palabras, que retumban sobre la delgada línea que separa al autor de la voz que narra sus obras, encuentran eco en el nombre Sándor Márai y su obra póstuma, Diarios, 1984–1989, recién publicada en español.

Márai, escritor húngaro nacido el 11 de abril de 1900 en Kassa (actualmente Košice en Eslovaquia), llegó a ser una de las figuras literarias más brillantes de comienzos del siglo XX en Europa central. Gracias al realismo y la elegancia de su prosa, a sus 30 años era ya un autor de renombre en diversas lenguas; tanto, que sus contundentes textos contra el fascismo pasaron inadvertidos. Sin embargo, poco tiempo después, la entrada del régimen comunista a Hungría lo mostró, a los ojos de muchos, como uno de esos burgueses que tan bien retrataba en sus obras. Por ello debió exiliarse rápidamente en Italia para posteriormente buscar asilo en Estados Unidos.

A partir de este momento, Márai se convirtió en un exiliado más dentro de las listas que archiva la historia de la literatura. Y, como sucedió y aún sucede con muchos otros autores, su obra fue entonces objeto de censura, cayendo así en el olvido durante un prolongado periodo de su existencia.

Más de una década después de la desaparición de la cortina de hierro, Hungría recordó a su autor invitándolo a regresar a sus tierras. Para ese entonces su exilio ya es tildado de ser un “gesto vacío” , puesto que “carece ya de sentido”; aún así L. (Lola Matzner, su esposa) y Márai se resisten a seguir ese llamado. “Hoy hace cuarenta años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona”. ¿Por qué, entonces, regresar? ¿Para qué?

Dentro de este contexto se ubica, entonces, su obra póstuma, Diarios, 1984– 1989. Es esta la compilación de las líneas escritas durante sus últimos cinco años de vida, en las cuales quedaron registradas las impresiones, emociones y desilusiones de su ocaso. Para Márai, de hecho, su obra estaba pensada para acabar con los ya publicados Diarios, 1979 –1983. Tal vez por eso esperaba con estos siguientes “hacer mutis, poner el punto final a una escritura muy extensa”. Pero lastimosamente no fue así.

El crudo relato de su decadencia, del avance de su vejez así como del de “L.” (como él mismo la llama en sus textos) quedó plasmado línea a línea en sus últimos Diarios. Un volumen lento en su narración, pero veloz en el paso del tiempo que abarca, quedó entonces como memoria al preámbulo de su muerte. Para este momento Márai ya no solo camina lento e, incluso, ha perdido las ganas de hacerlo, sino que también se da cuenta de lo vacía que es su existencia en medio de la soledad del duelo. Escritos sueltos retratan su falta de entusiasmo, su falta de fe en la vida, su ausencia de emoción y de compañía.

Tras terminar la lectura de estos Diarios, 1984–1989, lastimosamente el lector se pregunta: ¿dónde queda la genialidad de la voz narrativa que hiló una obra como La mujer justa? ¿Qué fue de tan elegante y diestro narrador, aquel que retrató con delicia la vida burguesa de esa Europa central en El último encuentro, y que logró vestirse de gris para adaptarse al mustio personaje que protagoniza Divorcio en Buda? Parece ser un misterio. Pues de él o ellos no encontramos ni rastro en estos últimos textos.

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