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Expedientes narrados

Alexánder Cuadros reseña El palacio sin máscara, el último libro de Germán Castro Caycedo

2010/07/01

Por Alexánder Cuadros

Germán Castro Caycedo no es el autor de El Palacio sin máscara. Su nombre se ve claramente en la cubierta, pero el libro es más bien un collage de “voces que habían sido acalladas”, “voces perdidas en miles de folios” de varios informes oficiales sobre la toma del Palacio de Justicia el 6 y 7 de noviembre de 1985. Mil palabras le pertenecerán al célebre periodista. ¿Cómo evaluar entonces a Castro Caycedo el collagiste?

Queda claro, después de leer este libro, que la intención del ejército en la retoma fue de “aniquilar” y no de rescatar; que la vida de los rehenes —entre ellos los magistrados de la Corte Suprema, once de los cuales murieron— fue de mínima prioridad. Queda claro que personas que salieron vivas del Palacio fueron conducidas a guarniciones militares, torturadas y desaparecidas. Queda claro que hubo un intento, por parte de las Fuerzas Armadas, de ocultar los hechos de la masacre y la inaudita retirada de vigilancia del Palacio unos días antes. No queda claro, pero se insinúa, que hubo un golpe de Estado que dejó sin mando al presidente Belisario Betancur.

En la primera mitad, el libro procede más o menos cronológicamente, detallando los planes del M-19 —conocidos por el Ejército incluso semanas antes— y luego narrando, a través de testimonios de sobrevivientes y comunicaciones militares, la trágica toma y su trágica conclusión. Después, una serie de capítulos indaga en la polémica de “Las torturas” y los “Desaparecidos”, rematando con otro titulado “Víctimas” antes de tratar las consecuencias políticas. Desgraciadamente, el comprensible afán de rematar el asunto lleva, a menudo, a un infeliz traslapo de temas y de eventos, a un agotador déjà vu.

Esto no es, claro está, literatura. (Las únicas pretensiones literarias aquí son las de los juzgados, que hablan del “misterio del fuego”, del “sabor amargo” de la violencia, del cuadro “dantesco” que se pintaba). Pero incluso si suponemos que el trabajo del “autor” aquí es el de aportar un servicio al público —digerir los abrumadores “miles de folios” y coser los trozos relevantes de una forma coherente— sucumbe en sus fallos narrativos a la misma cortina de humo que reinó durante esos dos sangrientos días. Es que la repetición no solo cansa y enreda: también revela errores que perjudican la credibilidad del libro.

Por descuido, Castro Caycedo reproduce en distintas partes las mismas largas secciones de dos juzgados. Pero las palabras no coinciden exactamente. La “confrontación pública” se vuelve “bélica”; “civiles inocentes”, “indefensos”; armas utilizadas “principalmente” en vez de “precipitadamente”. ¿Inconsecuente? Pone en duda palabras que habrían de ser históricas, como las del elocuente ex procurador Alfonso Gómez Méndez quien, según el libro, calificó la reacción del ejército como “violenta y necesaria, justificada e indiscriminada”. ¿Eso tiene sentido? ¿O es que dijo “innecesaria” y acaso “injustificada”? El problema puede ser que Castro Caycedo no haya podido pulir los diálogos como en otros libros suyos, donde la gente suele hablar en perfectos párrafos. (Una vez dijo, “¡Si lo que hago es superior a la ficción!”).

¿Cuál es el valor de un libro así? Descartando las inconsistencias, se trata de una labor documental importante. Pero quizá más importante aun —en vista de que las revelaciones no son de Castro Caycedo sino, en gran parte, de la actual Fiscalía General— es que El Palacio sin máscara las empaca bajo el sello de un cronista popular. Ahora, y esto no es despectivo, son consumibles: son accesibles.

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