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“Explicit Lyrics”

Margarita Posada reseña El nido de la serpiente, de Pedro Juan Gutiérrez.

2010/03/15

Por Margarita Posada J

Templar. De eso pareciera tratarse esta novela, en la cual un joven de quince años­ busca a toda costa saciar sus necesidades sexuales, mientras su país se adapta a los trancazos al régimen de Fidel Castro. En cubano –el lenguaje en que está escrita esta historia que aún sin leer en voz alta tiene esa cadencia propia de la isla– templar significa follar, copular. Así, crudo, sin condimento alguno, por delante y por detrás, con todo lo que nos parece grotesco del sexo. No es de extrañarse. El mismo autor lo dice en sus páginas: “Nunca haría pasar un buen rato a gente correcta, timorata y aburrida. Todo lo contrario. Con mis libros lo pasarían mal porque les haría temblar toda su corrección y sus buenas maneras. Me odiarían”.

Aunque no llegué a odiarlo, reconozco que hizo temblar mi propia corrección. ¿Por qué tanto sexo, por qué todo tan explícito? Y aún peor: ¿Por qué quiero seguir leyendo y siento que sus cachetadas me refrescan? Primero, porque la prosa de Pedro Juan Gutiérrez es limpia y fluida. Nunca se va por los lados. Llama las cosas por su nombre. Aquí las escenas de sexo no tienen sábanas vaporosas ni enfocan nada más las curvas de una mujer sensual. Hay várices, ladillas y olores inmundos, y sus presas van desde una puta vieja que huye a Miami al principio de la historia, hasta una profesora burguesa que corta relaciones con sus padres porque se cree comunista, pasando por jovencitas que prefieren tener sexo anal para conservar su virginidad. Todas ellas en forma de vagina, claro, vistas a la luz de “un tipo continuamente consciente de su falo, que mira a la mujer como un gran agujero palpitante y húmedo”.

Segundo, porque alrededor de los incontables polvos que narra el personaje en primera persona, aparece una Cuba en transición muy interesante, de calles desoladas y locales cerrados, donde antes había bares y comercio. Es en medio de esa sociedad que empieza a sostenerse por una economía de rebusque en la que Pedro Juan pesca jaibas y su madre vende todo tipo de artículos que están en vías de extinción debido al régimen, donde se empiezan a gestar las ideas que harán de este autor un hombre sin tapujos, que lleva al límite a sus personajes. A eso se refiere precisamente el título, El nido de la serpiente: a esa etapa en que anidó todas las ideas que lo hicieron dejar a un lado su visión romántica de la vida y a creer que siempre estamos “sobreviviendo a una jauría feroz y sanguinaria”.

Antes de entrar al ejército, Pedro Juan reparte sus horas entre conquistar mujeres para templar, ganar algunos pesos como se pueda y leer en una biblioteca pública. Las lecturas de esos días, entre las que se cuentan Hesse, Sartre, Capote, Faulkner y Hemingway, lo llevan a la siguiente reflexión sobre la literatura: “Hay que sacar afuera la rabia y la locura, pero de un modo natural, que no parezca literatura. Todo tiene que ser espontáneo. Hay que construir un universo propio y después esconder el andamiaje”. Lo que pareciera un simple relato de un adolescente con las hormonas en plena efusión se convierte entonces en un retrato voyerista cuyo valor radica en mostrarnos cómo se incubó el veneno en este escritor chocante que advierte con saña: “Esta novela es una obra de ficción y todos los sucesos y personajes son imaginarios”. Aun si estos dos Pedro Juanes no fueran los mismos, a ambos les diría lo que muchas mujeres repiten a lo largo del libro: “Eres un descarado y un fresco”.

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