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Fábula feroz

2010/06/29

Por Por Vanessa Rosales A.

Madera salvaje es la incursión literaria de un escritor forjado en el lenguaje cinematográfico. Tiempo atrás, Santiago Andrés Gómez creó, en su natal Medellín, una corporación de cine destinada al frenético deseo que él y sus amigos compartían por la creación fílmica. Se llamaba así: Madera salvaje y era el intento de materializar la conciencia rebelde, el brío existencial y la vida delirante que los mecía en esa Medellín revoltosa de los años noventa.

La trama tiene un comienzo ordinario: una tribu de amigos que se lanzan a hacer un viaje al Cabo de la Vela. Un muchacho virginal que, al principio, reacio, se aventura a solas a saborear la marihuana en una finca. El escritor delinea, con incipientes trazos, el presagio de un suicidio, el oscuro afán que incentiva a sus compañeros hacia las drogas, el amor imposible por una mujer, Clemencia, con la que comparte el deseo de hacer cine.

Es un libro autobiográfico, sin camuflajes y al principio, casi insufriblemente

autorreferencial. En el Cabo, Santiago conoce el sexo, la marihuana, los deseos de un suicidio. Las conversaciones resultan banales, los personajes desdibujados. Pero lentamente, el lector va superando el hastío frente a lo que parece una poética forzada. Y vendrá una historia insospechada, un descenso abismal. No libre de lugares comunes, Madera salvaje es la fábula de un calvario demencial del que el escritor emerge como Lázaro.

Salvo el frenesí que a veces propicia la cadencia narrativa —ineludiblemente salpicada por una mirada cinética, de talante documental— la novela no tiene ningún virtuosismo extremo. Los loops son débiles, hay planos enlagunados y en últimas, no es una obra cuya trascendencia conmocionará. Pero la historia, con su salvajismo y visceralidad, es rescatable. La supervivencia en medio de la devastación tiene siempre su costado magnético. Y ese es, al final, el subsuelo de esta historia.

Santiago comienza a ver a sus amigos sumirse en un desquiciado afán concupiscente. Un suicidio, un asesinato, roces con la mafia, un encarcelamiento injusto y el hundimiento en el ardor de la juerga, constituyen el zumbido que va abriendo en él una avidez, un entorpecedor sin sentido que tiene forma de amor sin consumar y ánimos de documentar, en film, todo cuánto bulle entre ellos. Su gran amigo es Cruz, que palidece como un felino enmudecido por el salvajismo de la droga y que es siempre el camarógrafo de sus proyectos fílmicos.

En uno de los intersticios de ese ruido, el joven cede también a la marihuana, prueba la cocaína con su amigo y emprende su propia senda con las sustancias. El libro, que desde el principio tiene un tono tristón va adquiriendo una hondura cada vez más melancólica. Esa brecha, ese deathwish brotan desde aquella tarde que saborea el sopor de la marihuana. Y en su lucidez, Santiago reconoce los contornos que se diluyen en la intoxicación.

Entonces se encandila con la realización audiovisual. Viaja a Cartagena con sus compañeros de ‘Madera salvaje’ a filmar un documental sobre el Festival de Cine. El documental es Diario de viaje y le ganaría al autor, con unos escasos 21 años, el premio de Colcultura. Aquello inflamará su corazón con una altivez que exacerba el vacío ya sembrado en él.

Y ese vacío tiene un nombre muy preciso: Clemencia. La mujer a la que ama desde los días universitarios, poseída por otro. Cuando llega el premio, Clemencia anuncia su matrimonio y Santiago se entrega al frenesí de la cocaína. Y su vida se convierte en una “mórbida fantasía”; es el deseo como un acto vacío.

Y conoce la bóveda del delirio, esta vez solo, calcinado por la cocaína. Sus padres lo internan en un instituto mental. Resurge y Clemencia aparece, libre, al final. Pero su amor es un acto fallido y harán cine, en una atmósfera enrarecida que termina con una Clemencia y un Cruz enamorados. Entonces, en la aflicción de su oscura soledad, Santiago se inyecta cocaína y una luz vivificadora lo restituye.

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