Fantasmas para vacaciones

Alberto de Brigard reseña "El ocupante" de Sarah Waters.

2011/07/19

Por Alberto de Brigard

Sarah Waters ha adquirido el reconocimiento de críticos y lectores por sus novelas históricas que exploran territorios no muy visitados de la era victoriana: manicomios, cárceles de mujeres o círculos de espiritistas; más recientemente la escritora invita a sus lectores a la Inglaterra que empezaba a enfrentar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Como lo exigen las buenas obras del género, sus novelas esconden con habilidad una investigación rigurosa sobre la época en la que transcurren, y recrean apropiadamente ?ambientes e ideologías como marco de tramas interesantes; en el caso particular de esta autora algunas de esas tramas suelen incluir relaciones homosexuales, que, en sus manos, tienen además la atractiva característica de ser ingredientes activos de las historias y no simples matices o adornos de la descripción de sus personajes.

 

Otro rasgo distintivo de las obras de Waters es su gusto por imitar o hacer alusiones a obras literarias representativas del tiempo en el que sitúa sus propias historias. Así, las novelas victorianas toman préstamos de las tramas de Wilkie Collins, serpentean como los novelones de Charles Dickens y ofrecen escenas cuya propiedad podrían reclamar legítimamente las hermanas Brontë. Si ahora mencionamos que los autores que evoca El ocupante son Henry James, Edgar Allan Poe y Daphne du Maurier, se deduce fácilmente que se trata de una “novela con fantasma”, para citar a un autor más cercano a los lectores colombianos.

 

La historia es bastante sencilla. En una mansión que se cae a pedazos, tres miembros de una familia muy distinguida enfrentan la dura realidad de una posguerra que en ciertos aspectos es más deprimente que los años de combate: el hijo mayor está semi incapacitado por heridas de guerra y su hermana ha tenido que renunciar al breve lapso de independencia que le ofreció su trabajo voluntario, para regresar a cuidar a una madre frágil, con la perspectiva de convertirse en una solterona con permanentes dificultades económicas. El médico de la familia es el cuarto personaje y narra con detalle la sucesión de pequeños eventos, más o menos misteriosos, graves o apenas incómodos que van minando la tranquilidad, la salud y la existencia misma de la familia Ayres. La descripción de los cambios en el entorno social y económico de los terratenientes de provincia, en una Inglaterra que descubría que la victoria sobre el nazismo la había transformado en un imperio fallido y luchaba como todos los países europeos por reencontrar su papel en la que se empezaba a llamar “era atómica”, agrega atractivo a una historia interesante que, aunque deja varios cabos sueltos, es una de las mejores de la escritora galesa.

 

Con frecuencia se meten en un mismo paquete las novelas de misterio y las de terror, pero los retos que ofrecen estos géneros para los escritores son totalmente divergentes. Las buenas novelas de misterio dependen de que la historia cause sorpresa y sobresaltos al lector, en tanto que las de terror se construyen mucho más lentamente y su éxito requiere que el autor tenga capacidad de controlar un ritmo de creciente inquietud que, como en el caso de El ocupante, lleve a aceptar que una explicación sobrenatural pudiera ser la más verosímil para una cadena de hechos individualmente nimios, pero sobrecogedores en su sucesión. En un mundo en el que la lentitud tiene cada vez menos connotaciones positivas, es un triunfo de Sarah Waters que este sea uno de los ingredientes para recomendar su última novela, que puede divertir, por ejemplo, a quienes quieran dedicar algunas horas al bronceado en estas vacaciones.

 

El ocupante

Sarah Waters

Anagrama, 2011

532 páginas

$74.900

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