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Gabo guajiro

Melba Escobar reseña La Guajira en la obra de Gabriel García Márquez, un libro de Victor Bravo Mendoza

2010/03/15

Por Melba Escobar

Este es un entrañable viaje que empieza en la cubierta, con una pintura que evoca un atardecer guajiro. Ya en la presentación, el lector se adentra en la Guajira. El desierto y la nieve perpetua, lo kogui, lo wiwa y lo wayúu, lo mestizo y lo árabe van dibujando el territorio guajiro como un espacio sagrado con unas tradiciones y creencias fuertemente arraigadas, y con una tendencia a poner en lo onírico más fe y empeño que en lo real.

En este recorrido por una tierra tan árida geográficamente como fértil en imaginaciones, el lector descubre un enfoque tan novedoso como revelador: la semilla del Nobel colombiano está en el departamento más alto de Colombia. El niño García Márquez escuchaba en su infancia esas voces femeninas que narraban historias deslumbrantes como si cualquier cosa. La hermana que comía tierra, la abuela que adivinaba el porvenir, las criadas que lo mimaban y le hablaban otras lenguas, constituyeron el territorio donde García Márquez se sentía a salvo entre mujeres, escuchándolas, observándolas y guardando sus historias en lo más profundo de su memoria para inmortalizarlas después. “Tuve que vivir veinte años, y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos.(…)” dice el Nobel en entrevista con Juan Gustavo Cobo Borda. En efecto, pasaron muchos años antes de que él comprendiera que era necesario ese viaje de regreso a la semilla, a esa hora del “duerme vela”, para dar inicio a su proyecto más ambicioso, Cien años de soledad: “A finales de 1964 iba yo hacia Acapulco —con Mercedes y mis dos hijos— y, entonces, como una revelación, encontré exactamente el tono que necesitaba. Y el tono era contarlo como contaba las cosas mi abuela. Porque yo recuerdo que mi abuela contaba las cosas más fantásticas, y lo contaba en un tono tan natural, tan sencillo, que era completamente convincente. Y entonces no llegué a Acapulco. Regresé y me senté a escribir Cien años de Soledad”. Esta declaración dada a El Universal de México, da cuenta de ese universo hecho de luz y de magia, que en la narrativa de García Márquez se convierte en un universo literario donde lo ritual, lo raizal, lo idiosincrásico guajiro, crece en su narrativa, de forma reposada y constante, según lo demuestra Víctor Bravo en este libro. Ejemplo de esto es el momento en que José Arcadio quiere irse del pueblo, y lo argumenta diciendo: “Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”. Y qué decir de los sueños, que son los responsables de “ordenar el pasado y decidir el futuro”, tanto en la mística guajira como en la obra de Gabo. Y en música, ni hablar: basta decir que el mismo Gabo describe Cien años de soledad como “un vallenato de 450 páginas”. Bravo rastrea el origen guajiro del vallenato, y su recorrido hasta la tierra de la hamaca. Afirma Bravo, que los colombianos debemos estar muy agradecidos con los abuelos maternos del Nobel por haberle negado su petición de un acordeón cuando apenas tenía ocho años: “Tal vez el folclor hubiese ganado un juglar más, pero el país hubiera perdido a su único Nobel”. El viaje que hace el lector por la Guajira, así como por la obra del maestro, es doblemente entrañable. El paisaje que describe Bravo en este ensayo breve, minucioso en la escritura y extraordinariamente documentado, nos lleva al territorio donde personajes, atmósferas y situaciones de su obra cobran vida propia.

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