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Genios silenciosos

Juan Manuel Pombo reseña El enano y el trébol de Miguel de Francisco

2010/03/15

Por Juan Manuel Pombo

Cuando escritores exitosos –Naipaul, por ejemplo– aseveran que “los genios ocultos” no existen, pienso en varias cosas: en Milan Kundera señalando que Kafka sería, hoy por hoy, un gran desconocido de haber escrito en checo en vez de alemán; en las bodegas de los grandes museos donde reposan (a veces hasta dos y más siglos) “obras maestras” que solo salen a la luz gracias a la curiosidad y perspicacia tardía de un par de iluminados –el Bosco, por ejemplo, (re)descubierto por un manojo de surrealistas entusiastas–; en los altibajos de la rueda de la “fama” –la hoy muy trasnochada obra de Sartre a pesar de su estatus de luminaria mundial apenas hace 50 años–, y por último, pero no menos importante, recuerdo también a Nietzsche declarando haber conocido a más de un “‘genio’ de toda suerte mal dotado” al advertir sobre la importancia del trabajo continuo que subyace a toda verdadera obra de arte.

El libro que aquí concierne ofrece tres textos inéditos de Miguel de Francisco: “El enano y el trébol”, “Arcana” y “Amigos del alma”. A juzgar por el tono y la calidad de la redacción, yo diría que fueron cronológicamente escritos justamente en el orden inverso al que presenta el libro. Así, a mi modo de ver, “Amigos del alma” y en menor medida “Arcana” son ambas narraciones con todas las características de los textos de juventud, a saber, redacción desigual e imprecisa, desaciertos conspicuos con los nombres de los personajes, instancias que imitan sin pudor el estilo de autores leídos y admirados y la omnipresencia asfixiante de los debates estéticos y políticos en boga durante la juventud del autor en cuestión…, defectos inevitables en la prosa de cualquier escritor en ciernes, García Márquez inclusive, como queda manifiesto, por ejemplo, en cualquiera de los cuentos compilados bajo el título de Ojos de perro azul.

Sin embargo, tanto en “Amigos del alma” como en “Arcana”, también queda claro que tales defectos no obedecen a descuido, pereza o ignorancia sino a la búsqueda de la propia voz, búsqueda que solo ocurre cuando se trata de un artista en serio. Y tal esfuerzo da fruto suculento en El enano y el trébol, donde la intrincada prosa de De Francisco, su “genio” si se quiere, cuaja con soberbia e inimitable personalidad… hasta tal punto que merecería publicación aparte.

La breve novela relata un encuentro entre Ideogracias, alto y respingado caballero cachaco venido a Madrid desde América en tiempos de Felipe II, y un tal “Juan Bonaní, Bonamic, Bonamich, Buenamí, Bonamie o Vonami… Príncipe de los Enanos…”. Los dos, Ideogracias y Bonamí, como salidos del cuadro de Las Meninas de Velásquez, se ponen a discurrir y despotricar con lucidez y a gusto sobre Luis de Góngora, Juan de Jáuregui, el conde de Villamedina, un perro “llamado Bailán, Veillant, Baylón o Veilán”, sus altezas, Lope, Goya, Rubén Darío, Rufino José Cuervo, la locomotora (“empresa del futuro”), Gay-Lussac, un tal A.I. Root, inventor iluminado (sigo sin saber si ficticio o no) experto en motores que logran la combustión “del vapor de gasolina”, Ramón y Cajal (catalán aprendiz de barbero, médico autodidacta y premio Nobel de Medicina compartido con Golgi en 1906), la enana “…Nananina de espada maldiciente, enviada desde Flandes por la Infanta Isabel Clara Eugenia a su sobrino Felipe IV”, y así, deliciosa y sucesivamente, este par de insólitos personajes van apretando los siglos y haciendo añicos la cronología con conocimiento de causa, impecable sintaxis y oficio de historiador excelso.

De Francisco cumple aquí, sin duda, con el difícil cometido que fue también el de Góngora: “… sumergir el discurso en una oscuridad de estilo donde brillen con dureza algunas de las metáforas…”.

Así las cosas, señor Naipaul, vale, no hay genio oculto, porque tampoco existe la marca del genio en bruto y recuerde que, las más de las veces, el apoyo de una madre, un amigo o una editorial bien avisada puede significar toda la diferencia entre esas dos tonterías que son el éxito o el fracaso. El enano y el trébol más que merece el gesto póstumo (y por tanto tardío) de Mondadori.

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