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Genji Monogatari

Álvaro Robledo reseña La novela de Genji de Murasaki Shikibu

2010/03/15

Por Álvaro Robledo

La novela de Genji (Destino, 2005) es un patrimonio indiscutible de la literatura universal aún desconocido casi por completo por los lectores hispanohablantes. Escrito en clave de monogatari, primer género narrativo escrito en letras de kana (alfabeto fonético japonés) sobre temas de ficción o reales que tuvieron lugar en el pasado, se hermana con los grandes primeros relatos de la tradición japonesa como “El cuento del cortador de bambú” y con las narraciones cortesanas de una de las épocas de mayor florecimiento del Japón, la era Heian. Su autora, Murasaki Shikibu, nació en las postrimerías del 900 y murió en la tercera década del año 1000. Perteneciente a la familia Fujiwara, fue cortesana de “segundo rango” debido a una crisis familiar que le permitió permanecer en palacio pero sin los beneficios de que gozara en otros tiempos su familia.

Viuda a temprana edad, tenía la capacidad de narrar historias con gran destreza, factor que le ganó los favores de la corte, en particular de la emperatriz, que la tomó a su servicio privado. Una de las especulaciones en torno a la génesis de la obra nace de esta circunstancia: servir de Sheherezada para las noches de una emperatriz aburrida y relegada. Escrita en una época de esplendor (en la actualidad comparable a la Francia del Rey Sol), también fue concebida en el momento en que el budismo y el confucianismo se asentaban dentro del pensamiento y la vida japoneses. La dama Murasaki escribió 54 capítulos, 4.234 páginas (según la versión Kogetsusho, la más completa y canónica de las conocidas), de los cuales 44 están dedicados a la vida y a la exposición de las aventuras amorosas del príncipe Genji desde el día de su nacimiento hasta su muerte, y los diez restantes (para muchos los más logrados de toda la obra) a los de Kaoru, hijo espurio del príncipe, libros conocidos como “los capítulos de Uji”, en los que la novela, aun cuando continúa con su característica ironía trágica, se torna en un análisis bañado de budismo acerca de lo innecesario de las pasiones en un mundo hecho de ilusiones. Ésta sería la segunda especulación en torno a la génesis de la obra: una novela escrita en términos de moral budista, conjetura que tanto hirió las sensibilidades de escritores modernos como Junichiro Tanizaki y Yazunari Kawabata.

Sea cual fuere la realidad acerca del origen de los relatos (muchos de los cuales son probablemente apócrifos, escritos por monjes o por escritores a sueldo, quienes quitaban y añadían partes del texto para darle dramatismo, gracias al éxito “comercial” de la obra en su momento), La novela de Genji nos habla desde la voz de una cortesana con un sentido afinadísimo de la percepción y de la belleza, esa a veces fría y cruel, de la materia de la que estamos hechos los seres humanos desde el principio de los tiempos: una mezcla de pasiones desatadas y su contraparte, el anhelo de trascender la propia vida y de, quizás, comprender su lugar en el río del tiempo. Habla de un mundo cerrado, la vida en una corte, con sus enredos de alcoba y un machismo alimentado por mujeres, en últimas “chismes”, como los califica el profesor Takuhiro R. Kawahara de la Universidad de Tokio, lo que “(…) no la diferencia en espíritu a cualquiera de las telenovelas de hoy día. Deja el sabor de que el Japón es un pueblo, un pueblo cruel”.

Tejido de relatos para matar el tedio, novela de trasunto budista que pretende moralizar desde la sugestión, novela de enredos de alcoba o prototelenovela, La novela de Genji dibuja el pathos inherente a la belleza del mundo exterior, una belleza que está inevitablemente destinada a desaparecer junto a quien la observa. Para los japoneses de la era Heian, la belleza surgía de las facciones de un rostro, de un estado de ánimo, de la elegancia en la vestimenta o del tenue perfume difundido en la penumbra por los vestidos de una encantadora cortesana. Murasaki Shikibu perfeccionó hace más de un milenio la descripción de la belleza, del deseo, de tal manera que la experiencia de estas instancias nunca será igual después de cerrar sus páginas.

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