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He aquí un libro de cuentos

Santiago Espinosa reseña Los amigos míos se viven muriendo de Luis Miguel Rivas

2010/03/15

Por Santiago Espinosa

Aquí no hay grandes eventos, tampoco exageraciones: la gente es gente de clase media, gente normal que habla como se habla en la calle. Aquí las historias son breves y cotidianas. Aquí, pese a la tacañería de las editoriales, se vuelve a confirmar que quizá no haya nada como el cuento para captar la diversidad de rostros y secretos que encierran las ciudades.

Rivas tiene un estilo directo, fluido, que no le teme al coloquio paisa, y que sin embargo, gracias a su música pausada y a veces íntima, no se convierte en un relato localista; de esos que exotizan a Medellín, a sus violencias y realidades, hasta la perversión de la caricatura. Lo que importa aquí son episodios o hechos comunes que, ya sean triviales o insólitos, cambian para siempre la vida de estos personajes del común. Después de cada cuento nos queda el sabor de que ya nada podrá ser igual, que, como se dice en la contraportada del libro, “a estos personajes se les ha dado permiso para salirse de su día a día”. Incluso la interminable hecatombe de estas ciudades, aquí se nos muestra como un factor más que ha alimentado el miedo, la derrota, o hasta la paranoia de estos personajes solitarios.

Dos cuentos se destacan sobre el resto. “Los malditos gatos jugando en el techo”, donde el personaje, insomne, muerto de miedo y que atesora su fortuna en la maleta, oye los ruidos de la navidad como una amenaza de robo. Relato cuidadoso, que desconcierta, y donde la frontera entre realidad y ficción se diluye.

El otro cuento que habría que destacar es “Carta un poco corta para un largo”, el relato que cierra el libro. Se trata de un director que lleva años, décadas, esperando por los benditos recursos para filmar un cortometraje, nos hace partícipes de sus peripecias. El cuento, tragicómico, es un catálogo de las desgracias colombianas.

Por supuesto esta es una primera obra y como toda primera obra tiene vacíos. Pero a pesar de que no todos los cuentos del libro tienen un mismo nivel; que a veces, solo a veces, nos da la impresión de que el lenguaje es demasiado depurado para encajar en ciertos personajes, a pesar de que los arrebatos de humor no produzcan siempre ese cortocircuito, esa sorpresa que los teatreros llaman slap-stick, aquí se muestra un intento por darles voz a los que usualmente no la tienen: carteros, locos y otra gente del común. Y lo más importante, estos cuentos, cercanos a la publicidad y a la televisión –las profesiones de Rivas– demuestran la búsqueda genuina por un lenguaje propio.

Tras la lectura uno se puede imaginar a los personajes de Rivas caminando por las calles de Envigado, fatigando sus soledades en un cuarto oscuro de Medellín. Ahí se ve a ese lector que se obsesiona con la mirada de un libro, el muchacho que ama a las mujeres tristes. O a ese cartero al que se le mueren los amigos y cuyo cuento le da titulo al libro. Ahí se ven, son creíbles, pero a veces da la impresión de que los personajes se quedaron en el nivel de lo anecdótico, del “cuento por el cuento”. Habrá que esperar un segundo libro de Rivas. Quizás allí, si hay suerte, esas situaciones que cambian la vida de los personajes ya no serán solo historias, voces de la calle, sino un espejo profundo, en el que todos podremos mirarnos.

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