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Hola y adiós, hasta siempre y hasta nunca

Cati Arango Correa reseña el libro póstumo de Roberto Bolaño, El secreto del mal

2010/03/15

Por Cati Arango Correa

El secreto del mal, libro póstumo de cuentos de Roberto Bolaño, reúne un conjunto de relatos en los que, al parecer, estaba trabajando su autor antes de morir, y que fueron encontrados en su computador después de su muerte. Es un libro de cuentos incompletos, pues algunos de estos relatos no tienen final. Y leerlos es como esculcar en los cajones de un familiar o a amigo querido que ha muerto hace poco, o de Roberto Bolaño, que para sus lectores viene siendo lo mismo. La lectura entonces está llena de cariño, de admiración y de nostalgia. A llegar a los puntos finales de estos relatos –que no son propiamente finales aunque sí definitivos– uno está lleno de preguntas del tipo: ¿qué hubiera sido si…? Preguntas sin respuesta, preguntas que llevan a otras preguntas, y que acentúan la leyenda de Bolaño: el último gran escritor latinoamericano, el último genio de la literatura en lengua española, que como los escogidos de los dioses, murió joven, a los cincuenta años, cuando su gran obra 2666, todavía no había sido conocida.

No todos los cuentos de El secreto del mal están incompletos, hay que decir. El libro recoge textos ya conocidos como “Playa”, así como las conferencias “Derivas de la pesada” y “Sevilla me mata”. La primera sobre las genealogías –que se le antojan a su autor, con absoluta lucidez– de la literatura argentina y la segunda sobre la literatura latinoamericana de los últimos años, una conferencia que le viene como anillo al dedo a este mes de 39 escritores latinoamericanos menores de 39.

No podían faltar en este libro relatos que son pliegues o reveses del universo del escritor chileno, algo típico de su obra. “Músculos”, por ejemplo, parece una versión alegre del primer capítulo de Una novelita lumpen. Y “El viejo de la montaña”, “Muerte de Ulises” y “Jornadas del caos”, versiones inéditas de las múltiples vidas del álter ego de Roberto Bolaño, Arturo Belano. Nota: “Muerte de Ulises” es un digno capítulo de Los detectives salvajes; un track oculto al final del disco; unos minutos más de película después de los créditos.

De otro lado, hay en El secreto del mal algunos cuentos de naturaleza autobiográfica: “La colina Lindavista” y “No sé leer”. Y de otro, relatos bastante inusuales como “El hijo del coronel” y “Laberinto”. Estos últimos sencillamente magistrales. El primero es la historia de una película zombie que el narrador del cuento ha visto por televisión y reconstruye, paso a paso y con lujo de detalles, para una audiencia que los lectores desconocemos. El segundo es la historia de las múltiples relatos contenidos en la fotografía de un grupo de amigos, entre los que se encuentran los intelectuales franceses Julia Kristeva y Philippe Sollers. Un cuento con algo de Borges, mucho de Perec y, tal vez, algo de burla a la paranoia sígnica del estructuralismo francés.

Y así como los cuentos incompletos de El secreto del mal nos llevan a un territorio gaseoso, de preguntas sin respuesta y nostalgia, los cuentos completos de este volumen nos remiten a un espacio concreto, a la obra de Bolaño y a su vida. Nota: Vida y obra, dos conceptos que al hablar de Bolaño están más imbricados que nunca, como los cuerpos de un par de siameses. Y de esta manera, si los cuentos incompletos son una especie de posdata interrumpida, nostálgica y entrañable, los cuentos completos son una de esas llamadas telefónicas que nos hubiera gustado que nos hiciera Bolaño, a medianoche, para leernos al oído su último relato directamente de su computador. En conclusión, en El secreto del mal Bolaño nos dice al mismo tiempo hola y adiós, hasta siempre y hasta nunca. Y uno se pregunta, ¿acaso no es típico de él?
Este libro es una pieza fundamental en su obra.

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