Hombres buenos

Una novela sobre las novelas

Rafael Baena reseña la novela Hombres buenos de Arturo Pérez-Reverte.

2015/05/22

Por Rafael Baena

Sobre el final del siglo XVIII dos académicos de la Real Academia Española de la Lengua reciben el encargo de ir a París en busca de los 28 tomos de la Enciclopedia, obra que sacude los cimientos de Europa como un sismo cuyas réplicas empiezan a sentirse también en la política.

Desde las primeras páginas resulta evidente que el autor no pretende ocultar su propia presencia y, quién sabe si dejándose llevar por cierta tendencia literaria vigente, en virtud de la cual el escritor se involucra en lo que narra, o justamente para ironizar al respecto, decide asomarse con descaro, con ese humor zumbón que lo caracteriza desde sus primeros libros y que alcanzó su máxima expresión en La sombra del águila (Alfaguara, 1993). En este caso, la intromisión de Pérez-Reverte pretende novelar el proceso de creación, no solo de la novela que el lector tiene frente a sus ojos sino de otros de sus libros anteriores.

Tampoco disimula su incondicional gusto por la narración cinematográfica, hasta el punto de calcar sin temor la secuencia inicial de Los duelistas (Ridley Scott, 1977) en la que dos hombres se disponen a batirse en medio de la niebla del amanecer, con las puntas de sus espadas apoyadas sobre un pastizal cubierto de escarcha. En otras palabras, una escena al estilo de Joseph Conrad, fotografiada con primor, plena de sugerente suspenso y con una tensión dramática que impide separar los ojos de la pantalla o, en este caso, del libro. Cuatrocientas páginas después los aceros chocan y el duelo se resuelve, pero lo que hay en medio y lo que sigue después es un típico thriller pérez-revertiano bastante previsible, aunque no por ello menos atrapante: espadachines, complots, cabalgatas, sabihondos de salón, soldados veteranos de elástica moral y áspero cinismo, perfumadas mujeres bonitas y una medida dosis de galantería.

Podría asumirse que la búsqueda de la Enciclopedia por parte de los dos académicos, intercalada con la crónica en que el autor cuenta su búsqueda para hallar las claves de la trama, suman dos novelas en una; pero hay una tercera más honda y que resulta aún más apasionante, y es la formidable pintura al fresco de una España rezagada respecto a sus vecinos, aprisionada entre la burocracia imperial y los bretes del Santo Oficio, disciplinada desde la Edad Media a fuerza de espada; un país donde la Iglesia considera pecaminosa la novedad de la bragueta en los pantalones masculinos, pero no censura la trata de esclavos negros; un sistema que organiza ejecuciones a la vista de todos, permite la venta de los oficios públicos, censura libros y donde ?¡olé!? prescribe el espectáculo de la tauromaquia para que la gente olvide la tristeza de saberse sumisa.

Sin embargo, no faltan en esa España quienes buscan cambiarla para bien, no desde la política sino desde el saber y la ciencia, que no son cosa distinta a la ilustración contenida en aquella extensa obra que podría ser considerada la más subversiva de la historia. Los directores de la Real Academia se dan cuenta de que el mundo ha cambiado, pues las verdades de ayer no son las mismas del presente siglo XVIII; y como las claves de esa trasformación están en París, meca seductora en estos tiempos newtonianos en que ciencia y filosofía tienen el mismo significado, entonces envían en busca de esa suerte de santo grial encuadernado a dos personas que necesariamente deben ser decididas e incorruptibles, hombres buenos. Cuando se publicó en julio de 1912 el Putumayo Blue Book, de Roger Casement, también conocido como El informe del Putumayo o El Informe Casement, se tuvo acceso de primera mano a las grandes atrocidades y barbaries cometidas a la población indígena del Amazonas por la Peruvian Amazon Company, originalmente llamada Casa Arana y Hermanos y fundada en 1903, compañía dedicada a la explotación de caucho cuya sede central para la fecha del informe se encontraba en Londres. Roger Casement se reforzó como en el abanderado de la lucha por los derechos de los indígenas, puesto que ya había también luchado contra la violenta explotación del caucho en el Congo. Cuando también en 1912 el ingeniero norteamericano Walter Hardenburg publicó en el diario londinense The Truth los testimonios directos de antiguos trabajadores de la empresa Arana en los que contaban cómo los capataces asesinaban por cientos a miembros de las comunidades huitoto y muinane de La Chorrera y El Encanto, el nombre de Julio César Arana se conoció como el del promotor del genocidio indígena. En los testimonios se hablaba de los cepos, esas siniestras casas de pique avant la lettre, donde los capataces peruanos y barbadenses se dedicaron a torturar, asesinar y descuartizar a miles de indígenas, algunos por no haber cumplido con la cuota diaria de recolección de caucho, otros por no haber obedecido a una orden como rendirse, a otros por haber negado encuentros sexuales. El Informe Casement lo llevó a un peldaño mucho más alto, puesto que llevó al estrado al Barón del Caucho.

El paraíso del diablo se encarga de buena manera de recuperar con una visión crítica a la vez que divulgativa la importancia de Roger Casement, permitiendo comprender la complejidad de los procesos que se llevaron a cabo hace ya cien años. En la primera parte del libro se le presenta como un abanderado de los derechos de los indígenas, demostrando su carrera diplomática entre el Amazonas y el Congo, a la vez que ayudando a comprender lo que implicó la publicación y reciente traducción del Blue Book. En su segunda parte, presenta de nuevo las implicaciones de la publicación del libro de Casement, pero lo hace desde distintas perspectivas: un cuestionamiento a las nunca reticentes ideas colonialistas en el mismo pensamiento de Casement (aunque derivadas hacia una buena causa), un análisis del imaginario de la selva como cárcel y textos comparativos entre las actividades del caucho en el Amazonas y en el Congo, entre otros.

La tercera es posiblemente la que más pesa sobre toda la publicación, porque contiene textos de descendientes directos de las atrocidades del Putumayo. Cabe destacar el relato de la difunta poetisa y oralitora ocaina-huitoto Anastasia Candre Yamakuri, en el cual hace un recuento de la memoria de su madre, Ofelia, y de cómo recordaba la tragedia del caucho cuando era aún una niña. También el relato de José García de la Nación Muinane, en el cual cuenta sobre la muerte de su abuelo Boca-de-Maguaré.

Por último se incluye el interrogatorio a Arana y es un certero final para situarse frente a frente con el siniestro Barón del Caucho, y escuchar de primera mano sus patéticas e imposibles respuestas ante los jueces. El homenaje que se le hace a Casement en este recomendado libro es el de contextualizarlo desde diferentes perspectivas, pero sobre todo otorgando un espacio para la voz de aquellos que portaron en su memoria los trágicos y olvidados sucesos de La Chorrera, que fue a quienes Casement ayudó de primera mano.

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