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Humillados y ofendidos

2010/06/29

Por Juan Carlos González A.

Michael Haneke es el titiritero furioso. Obsesionado por la violencia y por la maldad humana, Haneke se comporta sin piedad alguna frente a sus personajes, títeres condenados de entrada por un hombre que es su creador y a la vez su principal verdugo. A diferencia de Claude Chabrol, compasivo con unos personajes burgueses que no duda también en criticar, el director alemán los culpa de generar su propia tragedia, de dar origen a sus propias miserias. Quiere castigarlos y, si le es posible, a nosotros también.? Lo consigue a través de una puesta en escena rigurosa, que apela al suspenso psicológico producto de mentes enfermizas, de lastres del pasado, de personalidades fracturadas, de pequeñas y grandes obsesiones. Su cine da miedo: a veces no es bueno presenciar nuestros propios demonios interiores.

Ahora encumbrado en el Olimpo de los autores consagrados con la Palma de Oro de Cannes, que obtuvo en mayo gracias a La cinta blanca (Das weisse band, 2009), tenemos la oportunidad de darle una mirada a su cine con motivo del estreno en el país de Juegos peligrosos (Funny Games, 2008), su largometraje previo. Con el, Haneke engrosa el curioso y selecto grupo de directores que han hecho remakes de sus propios filmes, tal como ocurrió con Hawks, Hitchcock, DeMille y Capra, autores que por motivos bien diversos, que iban de lo económico a lo estético, decidieron darle una nueva oportunidad a una película previamente dirigida por cada uno de ellos. Haneke había hecho la versión original en Austria en 1997 pero lamentaba que en los países angloparlantes prácticamente era desconocida ante la fobia —sobre todo en Estados Unidos— por el cine con subtítulos.

Muy bien: Haneke decidió entonces hacer una versión idéntica —plano a plano— de su filme, pero ahora protagonizado por Tim Roth, Naomi Watts y Michael Pitt,? y ambientado en Long Island. Lo demás es igual: la misma zozobra, la misma incomprensible anarquía que va a desbaratar el mundo feliz y sin sobresaltos de una familia que es secuestrada en su casa de campo por una pareja de psicópatas —que rememoran, como sin querer, a Alex y su alegre pandilla de La naranja mecánica— con la intención de hacerlos sufrir. ¿Por qué los castigan? ¿Por tener dinero, por ser felices, por vivir ajenos a los sufrimientos de los demás? No lo sabemos, quizá no haya motivo alguno. Quizá los verdugos sólo quieren divertirse.

Ann, George y su hijo serán ofendidos y humillados. Se les va a despojar de cualquier seguridad que posean y van a ser aplastados por una maldad física y psicológica que no conoce ni reglas ni piedad. Haneke se limita a ver cuanto sufren, como intentan sobrevivir ante tamaña odisea. En un momento dado los criminales se van y el director se queda con los personajes, observando sus reacciones, mirando como manejan a su modo el stress postraumático que los consume. El director parece disfrutar de ese dolor, de esa angustia que es ahora ante un enemigo ausente pero aún latente en el recuerdo.

Pero los espectadores no vamos a presenciar esto y a quedar impunes. Haneke no va a permitirlo. Por eso nuestras expectativas frente al cine de género también van a rodar por el suelo, víctimas de un director que desea reprendernos por creer que ya sabemos que en este cine al final los malos son castigados.? Pero esto no es Hollywood. Esto se maneja con otras reglas: es otro el que tiene el control —literalmente— y estamos, como Ann, a su merced y con las manos atadas. ¿Alguien podrá ayudarnos?

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